miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cuan Linda Era Mientras Dormía

Me haces tanto bien
Amistades Peligrosas

¿Sirah o cabernet?, ¿Blanco o tinto?, mi cabeza estaba demasiado ocupada para dedicarse a elegir una bebida. Ya en el ascensor viendo de reojo un indicio de su lencería negra, con la emoción incierta de saberla por fin en mi departamento y a la espera de alguno de sus comentarios aplacadores de todo atisbo pasional, conservaba la esperanza de una magnífica velada resignándome inclusive a no tenerla.

En la cocina champagne rosado conjugando su ternura y su autodenominado disfraz rosa de cocinera. A su espalda yo, perdido en el aroma de su pelo, bailando por su abdomen con mis dedos. Ella, profética y repentina como siempre giró sobre su cintura dejando los alimentos, para abrir sus labios, recibirme en su boca y saciarse, su cabeza atrás, un brillo de ardiente inquietud en sus ojos de miel, sus dientes clavándose lenta y violentamente en su labio inferior conteniendo sin éxito sus impulsos, una risa pícara y sádica rompiendo el silencio de nuestra incipiente respiración densa.

-He decidido que no quiero cocinar. Quiero más champagne, cigarros y que me abraces mientras miro las luces navideñas por la ventana. Vamos, ayúdame a quitar la ropa, o sea, el delantal, jajaja.

Mis manos sobre las suyas sacando de su torso la prenda mientras dibujaban su figura centímetro a centímetro, lo suficientemente cerca para sentir el ansia en sus senos que se posaron rígidos sobre mi pecho al estrecharla como antes no había tenido el arrojo de hacerlo. Se desplazó llevándome de su mano para retomar el abrazo tras de sí y mis besos en sus cabellos, acompañando una copa más, un cigarro y la vista abierta de la ciudad en la ventana. El champagne fluyendo en nuestra sangre hirviendo y esos besos que empezaron en las hebras negras de sus sienes, fueron cayendo por su cuello hasta encontrar de nuevo sus labios y su lengua deleitada con la mía. Minutos después contados entre cigarros y besos alicorados cada vez más intensos en su mejilla, en mis ojos, en sus brazos, en mi cuello, acerté a encontrar con mis labios el camino que abrimos entre su ropa a sus pezones vibrantes, mis manos recorriendo cada ruta posible en su espalda, en sus hombros, en sus caderas que ligeras parecían arrojarme al abismo de sus piernas firmes.

Una copa más sentada en el living, yo a sus pies arrodillado venerando su desnudez en la obligada tranquilidad de mi cigarro, y el humo del suyo brotando de su garganta en gemidos suaves, lentos, cada vez más frecuentes, me animaba a seguir caminando con las yemas de mis dedos por sus tobillos, sus pantorrillas, incisivamente sus rodillas, antes de volver a sus labios y a besar y lacerar suavemente con mis dientes sus pechos, una de mis manos atrayéndola con fuerza hacia mí y la otra explorando sus muslos en el camino de incursionar con obstinación en la generosa humedad de su vértice. Pequeños gemidos desvanecían sus palabras, y sus manos enredadas en mis cabellos decididamente deslizaron mi rostro a través de su vientre hasta sus tibias entrañas, donde me perdí en su elixir, degustando la pulpa de sus jugosos labios rojos por largo rato al compas de los espasmos esporádicos de su cuerpo, sus facciones trasfiguradas por el dolor del placer que convulsionaba su ser. Ya en pie, a punto de posarme en ella, me detuvo suave pero con firmeza, arrancando con esfuerzo las palabras aprisionadas en su garganta.

-Espera, espera, quiero probarte, quiero probarte también.

Y narrándome con su mirada su deseo que continuaba en ascenso, se dejó caer de rodillas ante mí para entregarse a recorrer con mesura mi entrepierna con su lengua para segundos más tarde devorarme ansiosamente, una y otra vez, con fuerza, con desespero, suavemente, más fuerte, ahogando conmigo los pequeños gritos de su primer júbilo. Tras lo cual calmó mi ansiedad y nuestra respiración dejándome sentir mi sabor en su boca en un largo beso lento y profundo, antes de abrirse y permitirme hundirme en ella danzando rítmica y frenéticamente en su urgente cuerpo trémulo, haciéndonos un solo ser en el sublime éxtasis del hallazgo de la paz de nuestros cuerpos y espíritus.

Aún temblando se refugió en mis brazos besándome con renovada dulzura, antes de girar de nuevo sobre su cintura y dejar su espalda en mi pecho. La abrigué en un abrazo acompañándola a sumergirse en su sueño satisfecho y contemplé su rostro apacible y sereno, su respiración muy lenta que por momentos se sobresaltaba haciendo palpitar levemente sus labios entreabiertos dejando escapar suaves murmullos, inaudibles gemidos, como si sus orgasmos siguieran brotando desde sus entrañas, pasando por su garganta dispuesta. Y era bella mientras la acariciaba, era eterna en su entrega, era plena en su saciedad. Cuan linda era mientras dormía.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

2 comentarios:

  1. veronika tus letras hacen aceleran el corazòn, haces sentir lo k escribes y alcanzas a excitar todos los sentidos,tienes la magia para meternos en el cuento como si fueramos los protagonistas; gracias por este orgasmo inesperado¡ un abrazo. un feliz año para ti, k el proximo sigas dandonos estas hermosas letras.

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  2. me encanta como describes el cuerpo
    me pierdo en los paisajes que describes y olvido la lujuria del relato

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