viernes, 31 de diciembre de 2010

Que Buenas Que Pueden Ser Las Cosas Malas

Si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada
Rubén Blades


Queridas amigas y amigos, despidamos el año y recibamos confiad@s el nuevo ciclo de vida por venir. Deseemos tod@s que la alegría nos invada en un viaje real no alucinógeno, unamos como una llamarada la esperanza de que el universo nos impulse en un recorrido fantástico de crecimiento, logros, aprendizaje y hermandad. Creamos en los sueños y dejemos a la incredulidad clausurada en el pasado y condenada a no creer más en sus alarmas.

Es usual que por esta fecha se reflexione sobre el año que decae y es usual casi con equivalencia que el balance no sea muy bueno para muchas personas. Que quedé la desazón de las pérdidas, de haber creído en sueños que se rompieron sin dar tiempo siquiera de despertar, de las metas sin alcanzar, de enfrentar encontrarse igual o en condiciones menos favorables que un año atrás, de no saber con certeza que vendrá o ni siquiera sentir deseos o fuerzas de planear nada. Y si se mira alrededor a muchas otras personas les sucede lo mismo.

Como bien dice el refrán, “Mal de muchos consuelo de tontos”. Sólo una persona muy torpe siente alivio en su aflicción al saber que much@s otros la padecen. Ser participe del mal de otros como un mal comunal no remedia el propio. Así que antes que invitar a ver el panorama general y a resignarse a entender que el año 2010 pudo ser arduo y calamitoso a nivel global por la crisis económica, por las tragedias naturales, por cada desventura individual, etcétera. Quiero convocarnos a ver cada experiencia difícil trasegada como una antesala del bienestar.

La vida es una total universidad de la vida. Las clases empiezan el día en que se nace y culminan el día que nos graduamos muriendo. Cada cosa que el universo en su sabiduría nos imprime es porque nos corresponde, como lección, como karma, como premio, como reconstrucción del equilibrio y la justicia, como dosis necesaria de asombro ante lo milagroso, como ejemplo para otr@s seres human@s, como evidencia vital en el placer y en el dolor.

Por este motivo antes que lamentar lo que sin sabiduría puede tildarse de fracaso, abramos nuestra mente y veamos cada acontecimiento doloroso y/o frustrante como un periodo de aprendizaje, preparación, corrección, armonización de la existencia, abono del terreno que se es y siembra de prosperas cosechas. Que la adversidad sea nuestra jornada de verter semillas en y con nuestra alma fértil, para recoger en el tiempo perfecto los frutos bien merecidos.

Y no lo olvidemos. Si la vida es nuestra oportunidad de ser felices, esa debe ser también nuestra misión, serlo en la mayor medida posible, gozar, reir, disfrutar el universo y hacer a la felicidad para cada un@ y para quienes nos rodean.

Me despido dejándoles mi afecto y gratitud por leerme, comentar, polemizar y hasta censurar de buena y mala gana, de buena y mala forma mis letras. Y hasta el otro año. Hasta mañana!.

UN ENORME BESO PARA TODOS Y POR SUPUESTO PARA TODAS.

Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

Avulsiones

Si no me querés, te corto la cara con una cuchilla de esas de afeitar
Las Hermanitas Calle

-Oficial quiero ir a una estación de policía, pero por favor escúcheme primero.

-Todavía no amanece, no creo que a nadie le perjudique que haga esta ronda acompañado de una mujer bonita, a ver, contame que te pasa, tranquilizate.

-Es mi historia y mi fin. Nos conocimos hace más de la mitad de mi vida, yo tenía 14 y él 17, sus primeras palabras me enseñaron que era inteligente y tan aficionado al estudio y a las matemáticas como yo. Desde ese instante lo empecé a amar. En silencio por muchos años, no soy tímida pero si asustadiza y un poco torpe con los hombres. Entramos a la misma universidad, él a la facultad de ingeniería y yo a la de ciencias sociales y aunque pensé que allí afianzaríamos nuestra amistad, nos distanciamos por completo. Un mes antes de su grado nos reencontramos en el puente que cruza la avenida colindante con la universidad, un par de minutos de diálogo humedecidos por un café reconstruyeron mi certeza de quererlo y de que algo similar sentía él por mí.

A la segunda cita me pidió un beso, se lo di en la tercera que terminó en medio de caricias en mi casa gracias a un corte de luz. Nos hicimos novios y me sentí muy feliz, estaba por fin con el niño bueno que siempre había querido para mí. Un mes después llegó a su visita del sábado, me informó que me quería como amiga pero no como novia, que estaba cansado de venir 40 minutos en colectivo cada sábado a verme y que prefería dejar así, pero que me apreciaba mucho, deseaba conservar mi amistad y seguir visitándome, que si no me molestaba quisiera venir el sábado siguiente. Qué se dice en esos casos?, “Está bien, te entiendo, y claro podemos ser amigos, ven cuando quieras”, aunque pensaba en lo absurdo de no querer visitar a una novia por vivir lejos, pero si a una amiga. Era bastante estúpido.

Siguió visitándome un par de horas cada sábado, hasta hicimos un curso de masajes eróticos, nos encantaban las prácticas en casa y él decía que con nadie había gozado tanto como conmigo, que mi pasión era desbordante y que le fascinaba, no podía estar ante mí sin querer hacerme el amor. Me sentía una Diosa cuando me decía esto. Remataba diciendo que por ello no podía quererme porque tanta lujuria le indicaba que yo ya tenía mucha experiencia y facilidad para acostarme con cualquiera, si hasta lo hacía con él, que sólo era mi amigo. Me mandó al infierno a partir de ahí. Estuvimos así por un año, yo muriendo de amor y él matándome con su desamor. El dúo perfecto. Le rogué, le insistí muchas veces que fuéramos novios, que hiciéramos las cosas bien, que dejará de salir con otras, que se permitiera quererme y sentir mi amor. Él seguía teniendo sexo conmigo cada sábado antes de hacer una llamada e irse a la cita con sus amigas en curso de novias, ésto para dejarme muy en claro “Que no había compromiso entre nosotros, que no podía quererme como yo a él y que no debía ilusionarme, aunque valoraba mi ternura”. Con similares palabras terminaba cada encuentro o cada llamada que me hacía para indagarme si estaba saliendo o acostándome con alguien más.

Yo no sé si es que lo amaba demasiado a él, o que no me amaba nada a mí misma, pero sólo encontraba paz y una desesperada felicidad en nuestro encuentro sabatino o al romperse la espera de su llamada semanal. Me deprimí con tanta intensidad como lo adoraba. Pasé muchos meses sin dormir, acepté a regañadientes ir al psiquiatra y vivir un tiempo con la amiga que me obligó a ir al médico, para que me ayudara a cuidar del suicidio. Resignada empecé a tomar píldoras para dormir, para estar en calma, para poder ir cada día a mi oficina, para terminar mi tesis y graduarme y en un nivel más práctico, para intentar torpemente un día suicidarme con un coctel de varias dosis de rivotril y champagne blanco. Fue duro despertar después de dos días de sueño, con el dolor recrudecido oscilando entre mi alma y mi cabeza, y la certeza de seguir con mi maldita vida. En todo ese tiempo mi maravilloso encuentro de los sábados sólo se vio alterado en un par de ocasiones en que la cita se pasó al domingo. Durante esas horas sonreía y me mostraba encantadora, me hermoseaba y lucía al máximo mi cuerpo con 23 kilos menos, que rebajé a la fuerza, creyendo que si era más flaca y presuntamente más sexy, lograría convencerlo. Nunca perdía la esperanza de que descubriera lo feliz que podíamos ser juntos y que se decidiera a renunciar a nuestra relación de amantes para volver a estar de novios, que entendiera que el cariño que decía sentir por mí, podía ser amor. Él, inclemente enfurecía ante cada uno de mis intentos y amenazaba con suspender las visitas si yo seguía sin entender que no podía quererme y pretendiendo algo más que sexo y obsequios tiernos ocasionales. Lo entendí del todo un día de humillación máxima, opté por continuar viéndonos entre tanto lograba expulsarlo de mis sentimientos, sabía que sacarlo de golpe sería anticiparme un buen suicidio, preferí seguir caminando golpeada hasta salir poco a poco del rin.

Mi ineptitud para el suicidio sumada a la contundencia de su crueldad y mi impotencia ante su falta de amor, me llevaron a decidirme a levantarme de la depresión. Abandoné al psiquiatra y lancé por el sanitario mi gran bolsa de fármacos diarios, traté de cubrir las horas de mayor angustia, empecé a correr por el parque de madrugada, me metí en cuanto curso encontraba entre seis y diez de la noche, aprendí danza árabe, más masajes eróticos, poesía y cine, terminé mi tesis y en una de mis acomodadas actividades conocí a un joven sin muchas ocupaciones que tranquilamente y con abnegación me ayudaba sin saberlo a ocupar las horas que faltaban por cubrir en mi agenda depresiva. Con él pasaba largas horas de té, iba al cine y me levantaba el ánimo con su devoción y detalles amorosos permanentes, sonreí un par de veces, hasta que la risa volvió a serme natural. En una relación directamente proporcional mi nuevo amigo y yo nos fuimos enamorando y mi amigo amante se fue enamorando de mí. Me incliné por el amor del segundo que milagrosamente me pidió que fuéramos novios, me presentó a su intocable familia y hasta empezó a hablarme de matrimonio. Pero la línea estaba trazada. Embelesada con el tierno amor y la menesterosa insistencia de mi naciente amigo, mucho cavilé y decidí terminar mi ansiado y fugaz noviazgo e iniciar otro lleno de ilusión y efervescente alegría, que sacaban el dolor de lo más hondo de mi ser. Por varios meses rompía en llanto en cada orgasmo que tenía, mi nuevo novio reconfortándome me abrazaba en silencio mientras yacía aún sobre él, comprendía que un dolor terrible estaba abandonando mi cuerpo que se abría plenamente cuando acabábamos.

La angustia desertó de mi humanidad y en su lugar empezó a crecer mi hijo, ya habían pasado casi dos años de convivencia y el amor ahora crecía en mi vientre con nombre y apellido. Dos años más tarde mi vida en pareja llegó a su fin con una serie de incomprensiones y un muy bien simulado triángulo amoroso-amistoso de una gran amiga, mi gran esposo y yo en el papel de la gran idiota. Me dolió, siempre duele la traición y en este caso era doble, para mi fortuna la era del suicidio estaba superada. Durante los casi cinco años que viví con mi esposo, mi ex amante siempre estuvo presente. El primer año como un desesperado que llamaba una y otra vez a pedirme perdón y a suplicarme que regresáramos, decía que no podía vivir sin mí y que estaba enloqueciendo de sufrimiento, tanto o más que el que yo había sufrido por él. El segundo con llamadas espaciadas y aún lastimeras. El tercero y antes de que apareciera mi hijo, como un augurio sosegado, comunicándome que por alguna razón tenía la certeza de que estábamos hechos el uno para el otro, que mi relación actual terminaría, ambos aprenderíamos la lección y estaríamos unidos de nuevo. El cuarto año, ya a sabiendas de la existencia de mi niño, como un dejo de resignación por el amor perdido, como una promesa de imposible amor eterno. El quinto y ante los indicios de mi inminente separación, como el anhelo esperado, el sueño reencontrado. Nunca nos vimos en esos largos años. Nunca pude expulsarlo de mi mente. Siempre conservé el ansia de su cuerpo y su deseo. Siempre supe que ese amor jamás me abandonaría.

El día que tomé la decisión de divorciarme, nos vimos en un bar y pese a tantos años parecía que la conexión entre nosotros permanecía intacta. Días después nos citamos de nuevo, para despedirnos. No obstante sus promesas de guardar incondicionalmente su amor por mí, ya ahora libre de mi esposo me enteré de sus reparos con mi hijo y su proyecto de salir conmigo pero sólo ocasionalmente como tantos años atrás. Decidí trasladarme a este país. Nos habíamos encontrado y desencontrado de nuevo y era el momento del fin. Lloré ante él como tantas otras veces por perderlo de nuevo, por saber que me marchaba y que él no haría absolutamente nada por impedirlo. Me reprochó que le abandonara ahora que estaba libre y que no aceptara su amor gradualmente. No me dio más certeza sobre nosotros que su deseo intacto. Fuimos a un hotel cualquiera, hicimos el amor con la intensidad de siempre, devolviéndonos los cuerpos que nos pertenecían. Dormí entre lágrimas y desperté con su actitud tosca y humillante de años atrás, su fastidio y prisa por abandonarme para volver a su vida de perfectas medidas matemáticas. Una semana más tarde viajé dispuesta a olvidar mis tragedias amorosas y a empezar nuevos caminos.

Hace un par de meses ya en esta ciudad, renacía en la paz de la renuncia cuando me escribió notificándome su desespero por mí, su necesidad de verme, su ansiedad por amarme, su reaparecido amor eterno. Prometió venir a buscarme. No le creí tras tantas ilusiones rotas y promesas emocionales fallidas. El martes pasado me llamó a casa desde un hotel en el centro de la ciudad, me dijo que él tenía palabra y que venía a estar conmigo. Estaba estupefacta y alerta, pero dejé a mi hijo con una amiga y acudí al instante a su encuentro. Si venía a buscarme es porque en verdad me amaba. Pasamos la primera noche, yo escuchando sus reproches por haberle abandonado, por haberme casado, por haber parido un hijo que no era suyo, él volcando su ira y fortalecida soberbia, lanzándome a la cara mi fracaso y su convicción de que podíamos ser amantes siempre y cuando yo asumiera mi error, perdonara a mi esposo y reconstruyera mi hogar. A años de sus peores humillaciones no discutí en demasía pero le dejé claro que ya me había separado y que no había punto de retorno con o sin él, que no necesitaba su amor ocasional, aunque le amaría hasta el último de sus días.

Así estuvimos dos días más, entre su arrogancia y mi silencio. Su frustración por la realidad de nuestras vidas y su furia porque yo no respondiera a sus dolorosas provocaciones. Me buscó de principio a fin con sus manos tentando mis pechos y aunque me había prometido no ceder, no pude contener mi deseo y ayer en la mañana tuvimos sexo con mi amor y su desamor de siempre. Al terminar me echó de su hotel, dejando claro que era lo único que yo podía inspirarle. Me marché y descendiendo en el ascensor sabía que lo buscaría horas más tarde para despedirnos de una vez por todas. Caminé varias manzanas pensando en nuestro perfecto fallido idilio, fui a mi casa, dejé mi equipaje y una vez en la calle le llamé y le pedí vernos. Tal y como lo esperaba me contestó sereno y complacido de verme doblegada como era costumbre. Le dije que no quería regresar a su hotel donde me habían visto salir como un perro y lo cité en otro en el que tomé una habitación con un documento que encontré algún día en un taxi. Él se sonrió burlándose de mí, pero aceptó vernos donde le indiqué, con la promesa y amenaza de hacerme el amor nuevamente y como nunca antes. Esperé por él tan sexy como me fue posible y como sabía que le gustaba verme, medias negras y una falda cortísima del mismo color, estos tacones y los delicados guantes de charol que compré pensando en él.

Tan pronto cruzó la puerta, le ofrecí un té especial para calmarnos el ánimo. Bebimos nuestras tazas en silencio, mirándonos, deseándonos, perdonándonos, despidiéndonos. Al terminar le dije que lo amaba y que mi amor si era perenne y hasta la muerte. Él me dijo que no fuera cursi y que no me pusiera dramática. Al instante empezó a sentir una punzada intestinal que se hizo insoportable como su impulso de vomitar, fue al baño y antes de alcanzarlo dejé sonando un álbum de AC-DC a buen volumen para recordar viejos tiempos. Cerré la puerta con llave. Sostuve su cabeza y contemplé la sangre de sus arcadas salpicando la pared, sus espasmos, su cuerpo de rodillas vencido por los calambres, su desesperada respiración agitada, sus ojos suplicantes brillantes por las lágrimas congeladas en ellos. Me arrodillé a su lado, lo abracé y besé su frente tratando de colmarme, le dije una y otra vez que lo amaba, que lo amaba, que lo amaba, que moría sin su amor, que no podía vivir más con su desamor. Abracé sus convulsiones hasta que su respiración dejó de trepidar y sus ojos vidriosos dejaron de mirarme. Viví su muerte completamente en calma, pero no podía borrar la imagen de ese rostro amadísimo de mi mente. Fui a la cocina, tomé un cuchillo y arranqué cuanto trozo de piel fue posible de su cara, para romper esa imagen que saturaba el infierno de mi anhelo, metí un trozo en mi boca y lo comí, luego otro y otro, hasta que su imagen sólo era una masa sanguinolenta distante de mi amor que no me producía nada. Mi ser amado ya no existía más. Lo arranqué de mí.

Tengo nuestras ropas ensangrentadas y sus documentos en esta bolsa. Lléveme a la estación.

-Señorita ya escuché todo lo que necesitaba. Vaya a casa, queme esa bolsa y su contenido. Guárdese bien esa historia. Hoy cinco de diciembre habrá un N.N. más y usted seguirá con su nueva vida al lado de su hijo.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cuan Linda Era Mientras Dormía

Me haces tanto bien
Amistades Peligrosas

¿Sirah o cabernet?, ¿Blanco o tinto?, mi cabeza estaba demasiado ocupada para dedicarse a elegir una bebida. Ya en el ascensor viendo de reojo un indicio de su lencería negra, con la emoción incierta de saberla por fin en mi departamento y a la espera de alguno de sus comentarios aplacadores de todo atisbo pasional, conservaba la esperanza de una magnífica velada resignándome inclusive a no tenerla.

En la cocina champagne rosado conjugando su ternura y su autodenominado disfraz rosa de cocinera. A su espalda yo, perdido en el aroma de su pelo, bailando por su abdomen con mis dedos. Ella, profética y repentina como siempre giró sobre su cintura dejando los alimentos, para abrir sus labios, recibirme en su boca y saciarse, su cabeza atrás, un brillo de ardiente inquietud en sus ojos de miel, sus dientes clavándose lenta y violentamente en su labio inferior conteniendo sin éxito sus impulsos, una risa pícara y sádica rompiendo el silencio de nuestra incipiente respiración densa.

-He decidido que no quiero cocinar. Quiero más champagne, cigarros y que me abraces mientras miro las luces navideñas por la ventana. Vamos, ayúdame a quitar la ropa, o sea, el delantal, jajaja.

Mis manos sobre las suyas sacando de su torso la prenda mientras dibujaban su figura centímetro a centímetro, lo suficientemente cerca para sentir el ansia en sus senos que se posaron rígidos sobre mi pecho al estrecharla como antes no había tenido el arrojo de hacerlo. Se desplazó llevándome de su mano para retomar el abrazo tras de sí y mis besos en sus cabellos, acompañando una copa más, un cigarro y la vista abierta de la ciudad en la ventana. El champagne fluyendo en nuestra sangre hirviendo y esos besos que empezaron en las hebras negras de sus sienes, fueron cayendo por su cuello hasta encontrar de nuevo sus labios y su lengua deleitada con la mía. Minutos después contados entre cigarros y besos alicorados cada vez más intensos en su mejilla, en mis ojos, en sus brazos, en mi cuello, acerté a encontrar con mis labios el camino que abrimos entre su ropa a sus pezones vibrantes, mis manos recorriendo cada ruta posible en su espalda, en sus hombros, en sus caderas que ligeras parecían arrojarme al abismo de sus piernas firmes.

Una copa más sentada en el living, yo a sus pies arrodillado venerando su desnudez en la obligada tranquilidad de mi cigarro, y el humo del suyo brotando de su garganta en gemidos suaves, lentos, cada vez más frecuentes, me animaba a seguir caminando con las yemas de mis dedos por sus tobillos, sus pantorrillas, incisivamente sus rodillas, antes de volver a sus labios y a besar y lacerar suavemente con mis dientes sus pechos, una de mis manos atrayéndola con fuerza hacia mí y la otra explorando sus muslos en el camino de incursionar con obstinación en la generosa humedad de su vértice. Pequeños gemidos desvanecían sus palabras, y sus manos enredadas en mis cabellos decididamente deslizaron mi rostro a través de su vientre hasta sus tibias entrañas, donde me perdí en su elixir, degustando la pulpa de sus jugosos labios rojos por largo rato al compas de los espasmos esporádicos de su cuerpo, sus facciones trasfiguradas por el dolor del placer que convulsionaba su ser. Ya en pie, a punto de posarme en ella, me detuvo suave pero con firmeza, arrancando con esfuerzo las palabras aprisionadas en su garganta.

-Espera, espera, quiero probarte, quiero probarte también.

Y narrándome con su mirada su deseo que continuaba en ascenso, se dejó caer de rodillas ante mí para entregarse a recorrer con mesura mi entrepierna con su lengua para segundos más tarde devorarme ansiosamente, una y otra vez, con fuerza, con desespero, suavemente, más fuerte, ahogando conmigo los pequeños gritos de su primer júbilo. Tras lo cual calmó mi ansiedad y nuestra respiración dejándome sentir mi sabor en su boca en un largo beso lento y profundo, antes de abrirse y permitirme hundirme en ella danzando rítmica y frenéticamente en su urgente cuerpo trémulo, haciéndonos un solo ser en el sublime éxtasis del hallazgo de la paz de nuestros cuerpos y espíritus.

Aún temblando se refugió en mis brazos besándome con renovada dulzura, antes de girar de nuevo sobre su cintura y dejar su espalda en mi pecho. La abrigué en un abrazo acompañándola a sumergirse en su sueño satisfecho y contemplé su rostro apacible y sereno, su respiración muy lenta que por momentos se sobresaltaba haciendo palpitar levemente sus labios entreabiertos dejando escapar suaves murmullos, inaudibles gemidos, como si sus orgasmos siguieran brotando desde sus entrañas, pasando por su garganta dispuesta. Y era bella mientras la acariciaba, era eterna en su entrega, era plena en su saciedad. Cuan linda era mientras dormía.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Historias Navideñas

Antonio
"El Que Planta Cara a sus Adversarios"

Cuantas cosas quedaron prendidas hasta dentro del fondo de mi alma...
Que Te Vaya Bonito / José Alfredo Jiménez

-Hola nenita, usted tan linda como siempre, toda elegante la universitaria. Venga le doy un abrazo...

La sonrisa tierna y picara de un chico dulce enfrentando la ruina de saberse un desposeído más en un mundo de pobres sin lugar para don nadies, infestado de don nadies por doquier, la sonrisa coqueta, el sueño silencioso de alcanzar en un abrazo lo que se aprecia inalcanzable. Un abrazo compartido para la novia de la noche y la novia que se quisiera tener aunque sea una noche. Una noche de cervezas baratas y reggae, el dinero escaso acomodado perfecto con el descaro de querer hacer vacas para comprar más chorro, reunir miserias entre tod@s para otra botella de Ron Jamaica. -Vamos a hacer la vaca, -Hágale parcero, yo voy con ustedes, -Hágale, pa' las que sea, cuanto pone?, -Yo le pongo $50*, -No me crea marica, respete. /Y ese respete acentuado con una patada en los glúteos. -Ya, todo bien, yo me abro, -Nada marica, respete. /Y esta vez más marcado a empujones. El borracho iniciador de la vaca, en el suelo tras un empujón somero en respuesta de su patada, su valiente empujón y varios hijueputazos de mero macho. -¿Qué le pasó a mi hermanito? ¿Quién le pegó? ¿Dónde está ese H.P. pa' darle?, ¿Fue usted?. Un par de puños y al suelo junto a su hermano, también gracias a sus tragos, -¿Qué se hizo el que le pegó a mi hermano, fue ese?”, -No peleen más, por favor, vámonos a bailar niños. El rival inicial fuera del escenario, más puños a un grupo cualquiera de los grupos diversos apostados en la plaza de la fiesta callejera de los fines de semana, punks, metaleros, artesanos hippies, grotescos ñeros y un@ que otr@ gomel@ paseando por el bajo mundo de la divertida y económica informalidad de beber en la plaza, fumar unos pases de marihuana, tararear y bailar canciones acompañadas con quena y guitarra y quizá después ligar con alguien en un bar también barato.

Golpes a los punk por parte de los dos hermanos y la ebria pareja al suelo. Golpes a los metaleros y la misma historia, las amigas del grupo rogando que cese la búsqueda de pelea pues los peores golpes se los están llevando ellos. Golpes a cualquier grupo que miró y que podría ser el de quien golpeo al hermano que empezó emocionado la vaca, ya que la embriaguez desdibujó el rostro del presunto agresor y lo encuentran en todos los presentes. Más golpes contra el suelo por la paliza que el trago ya venía dando a sus cuerpos. Un par de botellas de vino rotas contra el pavimento para reemplazar sus puños ineptos y enfrentar a otro grupo por si ahí estaba el que mandó primero al piso al inflamable hermano, esta vez un grupo de ñeros, chicos de clase cero, violencia diez y vida a mil, a sabiendas de que puede acabar en cualquier momento entre robos y riñas con el que quiera. El contrincante elegido para buscarle pelea decidió no resignarse a recibir puñitos de los hermanos borrachos, decidió darles una buena lección y sacó su pata de cabra (una navaja pequeña y bastante eficiente), con la mesura suficiente para no apuñalar a la chica interponiéndose en la riña y asestar preciso una punzada en la región escapular del hermano defensor. Gotas de sangre empezando a poblar la plaza que se despobló en segundos, gente desapareciendo a las carreras entre esos el hermano que no quería pasar por marica por aceptar sumas ínfimas para la vaca. La sana chica intelectual corriendo de tienda en tienda rogando que alguien llame una ambulancia, rejas cerrándose a toda prisa y la plaza precozmente vacía en esa temprana noche de viernes.

Ni ambulancia, ni amig@s, ni gente, ni hermanos, sí una ruta de gotas de sangre para seguir el rastro al herido y alcanzarlo cuatro cuadras abajo, sentado en un andén jadeando, abrazarlo, orar por él y tratar de conseguir un taxi para llevarlo a un hospital. Un par de policías de moto, como pocas veces, oportunos, para obligar a un taxista a trasladar al joven apuñalado y su combo de inadaptados. La universitaria sobria con él en el miserable centro asistencial, horas eternas de frío y súplicas para que lo atiendan así no tenga cobertura paga en salud, la suerte de encontrar un médico amigo que se hizo cargo de los gastos. El hermano más ebrio gritando en la calle que atiendan a su hermanito y este a su vez, desnudo en una silla de ruedas con el pecho vendado abrazado por las oraciones de la estudiante que por si acaso ora nuevamente por él y le dice al oído que se encomiende a Dios y que todo estará bien. Por fin lo trasladaron a un hospital donde sí podían operar su pulmón perforado. Él en el quirófano y su padre incrédulo a la desgracia, indignado esperando a que se recupere y que aparezca su otro hijo borracho en algún lugar de la ciudad para darles una buena reprimenda.

En la clínica inicial la cándida universitaria saliendo de prisa al despuntar el alba con una gran bolsa roja de material contaminado, conteniendo la ropa empapada en sangre de Antonio, "El Que Planta Cara a sus Adversarios", un trayecto en extremo peligroso por un barrio marginado hasta su casa y su bañera para lavar esa ropa y devolverla a su dueño cuando salga del hospital y le diga: -oeh nena, usted tiene mi ropa y mi manilla de cuero. Dos horas de agua sangre, una ducha para quitar el sueño y la angustia de esa noche terrible de dos de diciembre, cuando su amigo médico le contó para que nunca lo olvidara, que empezaba el mes más alegre y con él una gran ola de muertes violentas.

Una llamada justo al salir del baño. -Hola nena, habla el hermano de Antonio. Nena mi hermanito se murió, le dio un paro cardiaco en la sala de recuperación. ¿Nena qué pasó?, ¿Quién apuñaló a mi hermano?, ¿Cierto que fue porque un tipo le pidió $50* y él no tenía para regalarle?, ¿Yo no tuve la culpa nena, cierto?, -Si, no te preocupes, tu no tuviste la culpa.

*A la fecha el equivalente a la veinteava parte de un dolar américano.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
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jueves, 2 de diciembre de 2010

L@s Histeric@s

Imposible concluir el tema del mes de noviembre sin destinar un espacio a l@s histéric@s, esto por cuanto recibí el llamado de atención de dos lectores de mi blog que exigían hacer mención de esta clase de seres human@s que flirtean de una manera singular y particularmente tortuosa para sus incautas víctimas. Se trata de hombres y mujeres, aunque más las segundas, afirman ellos, y cada vez más de los primeros apelan ellas, que manejan este asunto del cortejo con un casi sádico y muy conveniente tire y afloje que mantiene al otr@ en vilo sin saber que pasa allí, si hay o no interés, si debe avanzar o retirarse, si es proyectado como algo más que una amistad o si debe quedarse de amig@ y con la boca hecha agua, y que finalmente no ayudan a concretar nada.

Desde que llegué a vivir en este bello país he escuchado a muchos hombres renegar de que las mujeres argentinas son histéricas y a un par de chicas referir lo mismo de los varones. En principio preferí no entrar en detalles pues lo que entendía por histeria solo atendía al desorden psicológico de somatización que describe a un (a) paciente angustiad@ por el presunto padecimiento de afecciones físicas o psíquicas, pero conforme seguí escuchando la misma queja decidí empezar a preguntar a que aludían cuando hablaban de histéric@s. Las primeras en responder fueron algunas chicas que dirigieron su concepto a los hombres que un día son muy especiales con una chica y luego desaparecen por un par de semanas sin dejar rastro hasta que inesperadamente regresan del más allá (de quien sabe donde) con un escueto mensaje de texto, una invitación a cualquier lado y tras ello una noche de coqueteos, besitos y lo que más se pueda antes de huir de nuevo a su otra dimensión, o que sin desaparecer oscilan entre mostrarse súper interesados y desesperantemente indiferentes, hombres que no dejan claro que quieren exactamente en cuanto a los términos de la relación; ya entrada en la investigación somera de lo que aquí catalogan de histeria me aventuré con ellos, quienes fueron más amplios y hasta sufridos con su explicación, me dieron varias definiciones no excluyentes; por ejemplo que las histéricas eran minas (o sea chicas o mujeres) que aparecían de repente en cualquier lugar público y empezaban a coquetear con cierto descaro rayano en una invitación silenciosa a lo que se quiera, pero que al ser abordadas se mostraban sorprendidas casi ofendidas, o, chicas que favorecían la generación de altas expectativas respecto a una inminente relación, pero que ya en terreno parecían no haber hablado nunca del tema con el susodicho. En ambos casos parte esencial del comportamiento histérico se consolida por la muestra de contundentes indicadores de que hay química, física y todas las posibilidades de encaminarse a una relación y luego un despojo sorpresivo de todos esos indicadores y por ende del (de la) escurridiz@ histéric@.

Olvidaré al efecto mi dilema sobre si es apropiado o válido calificar con un nombre clínico a estos comportamientos que si bien podrían denotar anomalías mentales y psíquicas, científicamente no soportan un diagnóstico de histeria y me permitiré compartir con vosotr@s mi opinión sobre l@s “histéric@s” y sus presas reales o potenciales, para quienes intentaré un consejo.

Mi opinión general es que quienes actúan de esta manera son personas con un pobre nivel de madurez o sea infantiles, que se sienten inseguros de su capacidad y valía para ser amados por alguien, por ello deciden hacer cosas que llamen la atención de alguien y que quizá lo ilusionen para garantizarse no sólo ser observados permanentemente como si fueran el centro de atención, sino además ser cuidados y anhelados, dicho de otra forma, ser reafirmados en su pequeña autoimagen, autoestima y autovalía. Este tipo de personas se vuelven expertas en dar medidas justas de cariño que impiden que el amor del (de la) otr@ muera, pero muy raras veces se permiten entregar de si con generosidad y abundancia, siempre prodigan un amor mísero para generar precisamente una especie de carencia en el otro ser humano. Adicional a ello muchas veces no solamente aplican su técnica con una víctima, sino que tienen varias a la vez, ya que su carencia de amor y seguridad en si mismo es tal que requieren ser querid@s, pretendid@s y reivindicados en su valía, simultáneamente por vari@s prospectos de pareja aunque muchas veces no consideren a ningún@ en especial para este fin.

En cualquier tipo de relación no se debe permitir que otra persona sea el centro del propio universo, la existencia no puede girar en torno de alguien ni estar en suspenso y a la espera de que alguien más decida, invite, elija, etc. Uno de los grandes problemas que se tiene en las relaciones es consentir que la vida misma sea el o la otra y que se vayan anulando las demás personas y cosas que integran el todo de alguien. Y para el tema puntual, si alguien pretende poner a otr@ en una montaña rusa emocional y subirle y bajarle el ánimo a partir de cariños e indiferencia, veo tres opciones: 1- Decidirse a hablar directamente del tema. 2- Tomarse la situación sin mayor trascendencia y esperar sin angustia a ver qué pasa, ya sin esperar nada en especial, simplemente abiertos a las posibilidades múltiples que pueden existir, o 3- Echar al olvido sin drama a quien pretende jugar con las expectativas y sentimientos. Esto suele aplicar más para las mujeres y yo me permito decirles “Chicas no se atormenten ni pierdan tiempo escudriñando y tratando de adivinar que piensa o que hará su pareja o posible pareja, dejen que las cosas pasen y si no pasan, relax, detrás de un@ viene otr@, así que sin dramas, ánimo muchachas que nada se ha perdido, el indicado, con toda seguridad no se dejará perder”.

Y en cuanto a ellos, mi consejo se alindera por uno de sus lados flacos “Caballeros, no sean tan evidentes, no permitan que sus ojos se peguen de un escote o unas piernas…eso es mostrar sus ya conocidas debilidades y dar lugar a que a nosotras nos den ganas de jugar un poco con ese talón de Aquiles, con pequeños coqueteos llamados no más que a hacerlos desconcentrar y verlos actuar de esa manera tan divertida cuando parece que no se hallan, como que perdieron el equilibrio, el cable a tierra y por favor no miren más de lo que hay, si una chica les dice “me caes bien” es eso y ya, no hay siempre hay invitaciones implícitas ni bajas pasiones, piensen a partir de la evidencia, no de lo que les gustaría que hubiese; y si corren con la desgracia de encontrarse con una desconsiderada histérica, apliquen el consejo que le doy a las chicas, aborden el tema y pongan los puntos sobre las ies, denle tiempo al tiempo o de plano manden a volar a esa infeliz…en todo caso sea hombre o mujer la presunta histérica al ver que la van a mandar a la luna, es muy posible que se decida y deje de lado su exasperante jueguito”

Mi consejo principal, láncense al juego amoroso del flirteo sin estrategias, no jueguen con la vida, sentimientos y expectativas de l@s demás y llegado el momento prudente atrévanse a hablar de sus sentimientos y emociones con otr@s y en especial con es@ otr@ que suscita esas pasiones, al hacerlo no sólo liberarán tensión, sino que abrirán espacios de diálogo que pueden ser bastante fructíferos y facilitadores, ya sea para avanzar en el camino a una relación o para entender que no hay nada por delante, en cuyo caso es mejor saber que se jugó la última carta de la baraja y no que se quedó para siempre con un magnífico as bajo la manga.



Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
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