Si no me querés, te corto la cara con una cuchilla de esas de afeitar
Las Hermanitas Calle
-Oficial quiero ir a una estación de policía, pero por favor escúcheme primero.
-Todavía no amanece, no creo que a nadie le perjudique que haga esta ronda acompañado de una mujer bonita, a ver, contame que te pasa, tranquilizate.
-Es mi historia y mi fin. Nos conocimos hace más de la mitad de mi vida, yo tenía 14 y él 17, sus primeras palabras me enseñaron que era inteligente y tan aficionado al estudio y a las matemáticas como yo. Desde ese instante lo empecé a amar. En silencio por muchos años, no soy tímida pero si asustadiza y un poco torpe con los hombres. Entramos a la misma universidad, él a la facultad de ingeniería y yo a la de ciencias sociales y aunque pensé que allí afianzaríamos nuestra amistad, nos distanciamos por completo. Un mes antes de su grado nos reencontramos en el puente que cruza la avenida colindante con la universidad, un par de minutos de diálogo humedecidos por un café reconstruyeron mi certeza de quererlo y de que algo similar sentía él por mí.
A la segunda cita me pidió un beso, se lo di en la tercera que terminó en medio de caricias en mi casa gracias a un corte de luz. Nos hicimos novios y me sentí muy feliz, estaba por fin con el niño bueno que siempre había querido para mí. Un mes después llegó a su visita del sábado, me informó que me quería como amiga pero no como novia, que estaba cansado de venir 40 minutos en colectivo cada sábado a verme y que prefería dejar así, pero que me apreciaba mucho, deseaba conservar mi amistad y seguir visitándome, que si no me molestaba quisiera venir el sábado siguiente. Qué se dice en esos casos?, “Está bien, te entiendo, y claro podemos ser amigos, ven cuando quieras”, aunque pensaba en lo absurdo de no querer visitar a una novia por vivir lejos, pero si a una amiga. Era bastante estúpido.
Siguió visitándome un par de horas cada sábado, hasta hicimos un curso de masajes eróticos, nos encantaban las prácticas en casa y él decía que con nadie había gozado tanto como conmigo, que mi pasión era desbordante y que le fascinaba, no podía estar ante mí sin querer hacerme el amor. Me sentía una Diosa cuando me decía esto. Remataba diciendo que por ello no podía quererme porque tanta lujuria le indicaba que yo ya tenía mucha experiencia y facilidad para acostarme con cualquiera, si hasta lo hacía con él, que sólo era mi amigo. Me mandó al infierno a partir de ahí. Estuvimos así por un año, yo muriendo de amor y él matándome con su desamor. El dúo perfecto. Le rogué, le insistí muchas veces que fuéramos novios, que hiciéramos las cosas bien, que dejará de salir con otras, que se permitiera quererme y sentir mi amor. Él seguía teniendo sexo conmigo cada sábado antes de hacer una llamada e irse a la cita con sus amigas en curso de novias, ésto para dejarme muy en claro “Que no había compromiso entre nosotros, que no podía quererme como yo a él y que no debía ilusionarme, aunque valoraba mi ternura”. Con similares palabras terminaba cada encuentro o cada llamada que me hacía para indagarme si estaba saliendo o acostándome con alguien más.
Yo no sé si es que lo amaba demasiado a él, o que no me amaba nada a mí misma, pero sólo encontraba paz y una desesperada felicidad en nuestro encuentro sabatino o al romperse la espera de su llamada semanal. Me deprimí con tanta intensidad como lo adoraba. Pasé muchos meses sin dormir, acepté a regañadientes ir al psiquiatra y vivir un tiempo con la amiga que me obligó a ir al médico, para que me ayudara a cuidar del suicidio. Resignada empecé a tomar píldoras para dormir, para estar en calma, para poder ir cada día a mi oficina, para terminar mi tesis y graduarme y en un nivel más práctico, para intentar torpemente un día suicidarme con un coctel de varias dosis de rivotril y champagne blanco. Fue duro despertar después de dos días de sueño, con el dolor recrudecido oscilando entre mi alma y mi cabeza, y la certeza de seguir con mi maldita vida. En todo ese tiempo mi maravilloso encuentro de los sábados sólo se vio alterado en un par de ocasiones en que la cita se pasó al domingo. Durante esas horas sonreía y me mostraba encantadora, me hermoseaba y lucía al máximo mi cuerpo con 23 kilos menos, que rebajé a la fuerza, creyendo que si era más flaca y presuntamente más sexy, lograría convencerlo. Nunca perdía la esperanza de que descubriera lo feliz que podíamos ser juntos y que se decidiera a renunciar a nuestra relación de amantes para volver a estar de novios, que entendiera que el cariño que decía sentir por mí, podía ser amor. Él, inclemente enfurecía ante cada uno de mis intentos y amenazaba con suspender las visitas si yo seguía sin entender que no podía quererme y pretendiendo algo más que sexo y obsequios tiernos ocasionales. Lo entendí del todo un día de humillación máxima, opté por continuar viéndonos entre tanto lograba expulsarlo de mis sentimientos, sabía que sacarlo de golpe sería anticiparme un buen suicidio, preferí seguir caminando golpeada hasta salir poco a poco del rin.
Mi ineptitud para el suicidio sumada a la contundencia de su crueldad y mi impotencia ante su falta de amor, me llevaron a decidirme a levantarme de la depresión. Abandoné al psiquiatra y lancé por el sanitario mi gran bolsa de fármacos diarios, traté de cubrir las horas de mayor angustia, empecé a correr por el parque de madrugada, me metí en cuanto curso encontraba entre seis y diez de la noche, aprendí danza árabe, más masajes eróticos, poesía y cine, terminé mi tesis y en una de mis acomodadas actividades conocí a un joven sin muchas ocupaciones que tranquilamente y con abnegación me ayudaba sin saberlo a ocupar las horas que faltaban por cubrir en mi agenda depresiva. Con él pasaba largas horas de té, iba al cine y me levantaba el ánimo con su devoción y detalles amorosos permanentes, sonreí un par de veces, hasta que la risa volvió a serme natural. En una relación directamente proporcional mi nuevo amigo y yo nos fuimos enamorando y mi amigo amante se fue enamorando de mí. Me incliné por el amor del segundo que milagrosamente me pidió que fuéramos novios, me presentó a su intocable familia y hasta empezó a hablarme de matrimonio. Pero la línea estaba trazada. Embelesada con el tierno amor y la menesterosa insistencia de mi naciente amigo, mucho cavilé y decidí terminar mi ansiado y fugaz noviazgo e iniciar otro lleno de ilusión y efervescente alegría, que sacaban el dolor de lo más hondo de mi ser. Por varios meses rompía en llanto en cada orgasmo que tenía, mi nuevo novio reconfortándome me abrazaba en silencio mientras yacía aún sobre él, comprendía que un dolor terrible estaba abandonando mi cuerpo que se abría plenamente cuando acabábamos.
La angustia desertó de mi humanidad y en su lugar empezó a crecer mi hijo, ya habían pasado casi dos años de convivencia y el amor ahora crecía en mi vientre con nombre y apellido. Dos años más tarde mi vida en pareja llegó a su fin con una serie de incomprensiones y un muy bien simulado triángulo amoroso-amistoso de una gran amiga, mi gran esposo y yo en el papel de la gran idiota. Me dolió, siempre duele la traición y en este caso era doble, para mi fortuna la era del suicidio estaba superada. Durante los casi cinco años que viví con mi esposo, mi ex amante siempre estuvo presente. El primer año como un desesperado que llamaba una y otra vez a pedirme perdón y a suplicarme que regresáramos, decía que no podía vivir sin mí y que estaba enloqueciendo de sufrimiento, tanto o más que el que yo había sufrido por él. El segundo con llamadas espaciadas y aún lastimeras. El tercero y antes de que apareciera mi hijo, como un augurio sosegado, comunicándome que por alguna razón tenía la certeza de que estábamos hechos el uno para el otro, que mi relación actual terminaría, ambos aprenderíamos la lección y estaríamos unidos de nuevo. El cuarto año, ya a sabiendas de la existencia de mi niño, como un dejo de resignación por el amor perdido, como una promesa de imposible amor eterno. El quinto y ante los indicios de mi inminente separación, como el anhelo esperado, el sueño reencontrado. Nunca nos vimos en esos largos años. Nunca pude expulsarlo de mi mente. Siempre conservé el ansia de su cuerpo y su deseo. Siempre supe que ese amor jamás me abandonaría.
El día que tomé la decisión de divorciarme, nos vimos en un bar y pese a tantos años parecía que la conexión entre nosotros permanecía intacta. Días después nos citamos de nuevo, para despedirnos. No obstante sus promesas de guardar incondicionalmente su amor por mí, ya ahora libre de mi esposo me enteré de sus reparos con mi hijo y su proyecto de salir conmigo pero sólo ocasionalmente como tantos años atrás. Decidí trasladarme a este país. Nos habíamos encontrado y desencontrado de nuevo y era el momento del fin. Lloré ante él como tantas otras veces por perderlo de nuevo, por saber que me marchaba y que él no haría absolutamente nada por impedirlo. Me reprochó que le abandonara ahora que estaba libre y que no aceptara su amor gradualmente. No me dio más certeza sobre nosotros que su deseo intacto. Fuimos a un hotel cualquiera, hicimos el amor con la intensidad de siempre, devolviéndonos los cuerpos que nos pertenecían. Dormí entre lágrimas y desperté con su actitud tosca y humillante de años atrás, su fastidio y prisa por abandonarme para volver a su vida de perfectas medidas matemáticas. Una semana más tarde viajé dispuesta a olvidar mis tragedias amorosas y a empezar nuevos caminos.
Hace un par de meses ya en esta ciudad, renacía en la paz de la renuncia cuando me escribió notificándome su desespero por mí, su necesidad de verme, su ansiedad por amarme, su reaparecido amor eterno. Prometió venir a buscarme. No le creí tras tantas ilusiones rotas y promesas emocionales fallidas. El martes pasado me llamó a casa desde un hotel en el centro de la ciudad, me dijo que él tenía palabra y que venía a estar conmigo. Estaba estupefacta y alerta, pero dejé a mi hijo con una amiga y acudí al instante a su encuentro. Si venía a buscarme es porque en verdad me amaba. Pasamos la primera noche, yo escuchando sus reproches por haberle abandonado, por haberme casado, por haber parido un hijo que no era suyo, él volcando su ira y fortalecida soberbia, lanzándome a la cara mi fracaso y su convicción de que podíamos ser amantes siempre y cuando yo asumiera mi error, perdonara a mi esposo y reconstruyera mi hogar. A años de sus peores humillaciones no discutí en demasía pero le dejé claro que ya me había separado y que no había punto de retorno con o sin él, que no necesitaba su amor ocasional, aunque le amaría hasta el último de sus días.
Así estuvimos dos días más, entre su arrogancia y mi silencio. Su frustración por la realidad de nuestras vidas y su furia porque yo no respondiera a sus dolorosas provocaciones. Me buscó de principio a fin con sus manos tentando mis pechos y aunque me había prometido no ceder, no pude contener mi deseo y ayer en la mañana tuvimos sexo con mi amor y su desamor de siempre. Al terminar me echó de su hotel, dejando claro que era lo único que yo podía inspirarle. Me marché y descendiendo en el ascensor sabía que lo buscaría horas más tarde para despedirnos de una vez por todas. Caminé varias manzanas pensando en nuestro perfecto fallido idilio, fui a mi casa, dejé mi equipaje y una vez en la calle le llamé y le pedí vernos. Tal y como lo esperaba me contestó sereno y complacido de verme doblegada como era costumbre. Le dije que no quería regresar a su hotel donde me habían visto salir como un perro y lo cité en otro en el que tomé una habitación con un documento que encontré algún día en un taxi. Él se sonrió burlándose de mí, pero aceptó vernos donde le indiqué, con la promesa y amenaza de hacerme el amor nuevamente y como nunca antes. Esperé por él tan sexy como me fue posible y como sabía que le gustaba verme, medias negras y una falda cortísima del mismo color, estos tacones y los delicados guantes de charol que compré pensando en él.
Tan pronto cruzó la puerta, le ofrecí un té especial para calmarnos el ánimo. Bebimos nuestras tazas en silencio, mirándonos, deseándonos, perdonándonos, despidiéndonos. Al terminar le dije que lo amaba y que mi amor si era perenne y hasta la muerte. Él me dijo que no fuera cursi y que no me pusiera dramática. Al instante empezó a sentir una punzada intestinal que se hizo insoportable como su impulso de vomitar, fue al baño y antes de alcanzarlo dejé sonando un álbum de AC-DC a buen volumen para recordar viejos tiempos. Cerré la puerta con llave. Sostuve su cabeza y contemplé la sangre de sus arcadas salpicando la pared, sus espasmos, su cuerpo de rodillas vencido por los calambres, su desesperada respiración agitada, sus ojos suplicantes brillantes por las lágrimas congeladas en ellos. Me arrodillé a su lado, lo abracé y besé su frente tratando de colmarme, le dije una y otra vez que lo amaba, que lo amaba, que lo amaba, que moría sin su amor, que no podía vivir más con su desamor. Abracé sus convulsiones hasta que su respiración dejó de trepidar y sus ojos vidriosos dejaron de mirarme. Viví su muerte completamente en calma, pero no podía borrar la imagen de ese rostro amadísimo de mi mente. Fui a la cocina, tomé un cuchillo y arranqué cuanto trozo de piel fue posible de su cara, para romper esa imagen que saturaba el infierno de mi anhelo, metí un trozo en mi boca y lo comí, luego otro y otro, hasta que su imagen sólo era una masa sanguinolenta distante de mi amor que no me producía nada. Mi ser amado ya no existía más. Lo arranqué de mí.
Tengo nuestras ropas ensangrentadas y sus documentos en esta bolsa. Lléveme a la estación.
-Señorita ya escuché todo lo que necesitaba. Vaya a casa, queme esa bolsa y su contenido. Guárdese bien esa historia. Hoy cinco de diciembre habrá un N.N. más y usted seguirá con su nueva vida al lado de su hijo.
Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!
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