miércoles, 16 de noviembre de 2011

De Amores y Duraznos


A los días felices de andar desnuda por la casa


Era tan buena haciendo el amor; sí, era más que buena en ello y lo disfrutaba tanto, como buena era haciéndolo. Era tan buena cocinando duraznos; sí, era más que buena en ello y lo disfrutaba tanto, como buena era haciéndolo. Eran esos sus grandes talentos indescifrables y por ello los hizo su manera de vida.

Se dedicaba en los juegos de alcoba con la misma gustosa devoción con que se dedicaba a preparar maravillas en su cocina. Los veranos bañados de almíbares frutales, de todas las variedades deliciosas de duraznos, albaricoques, pelones, damascos, melocotones, completaban su cuadro amoroso y era en esta refulgente estación donde se avivaban sus talentos en su máxima llama. Bajo el sol ardiente, hamacándose en una silla vieja en su jardín, conjugaba la ensoñación que la envolvía mientras maceraba duraznos recién arrancados del huerto con la remembranza del aroma de una piel masculina. Mezclaba en su nariz ambos aromas, combinaba en su paladar todos los sabores, los de los muchos duraznos y la de los muchos amantes de la estación. Para ella todos tenían un aroma similar sólo satinado por la esencia de cada cual, como los duraznos que le encantaban y que siempre olían igual pero con los matices particulares de cada cosecha, siempre el mismo aroma que quedaba en los recuerdos salpicados con los aromas únicos que vinieron y se fueron con la temporada.

Se extasiaba enterrando su uñas en la piel de ellos, duraznos y varones, marcando sus curvas, apretando sus hombros, delineando su espalda y cada uno de sus recovecos, mordiendo sus labios, su jugosa pulpa, desgarrando con fiereza pero sin dolor hasta ver finos rastros de sangre, finos rastros de néctar. En estos recuerdos se inspiraba mientras zumbaba una suave canción junto a las hornallas de su cocina o aplicada sobre su amante. Se debatía entre los recuerdos de sus manos triturando apasionadamente duraznos, rememorando su carne desbaratada entre sus dedos o sus dedos insaciables estrujando y empujando hacia sí las nalgas de su hombre para meterlo más en ella, con furia, con ansias, con urgencia.

En algún momento y cuando aún no cerraba la puerta de su adolescencia descubrió sin asombro, pena, ni desgana, que debía encontrar una forma lucrativa de vivir. Con maestría, se dedicó entonces a hacer el amor y postres, dos actividades que le fascinaban y ambas también muy rentables, cuando a la vocación se le sabe adicionar un buen escarchado mercantil en el punto preciso de cocción. Que mejor forma de realizarse en la vida, pensó y lo hizo. Y trabajó sin descanso y sin cansarse todos los días que eran laborables y los que no, también.

Así llenó cada día de sus eróticos días, hasta el último, donde ya sepultado entre arrugas su cuerpo, se estremeció mordiendo un carnoso durazno, mientras se sumergía para siempre rememorando caricias, manos inquietas, inseguras, buscando entre su piel el aroma afrutado, el orgasmo escabulléndose, huyendo y jugueteando hasta dejarse alcanzar en un perfecto postre final.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!