Este es mi espacio de reflexión acerca de los disparates que pasan en las relaciones humanas y las relaciones disparatadas. Escribo aquí mi voz disertando sobre las ideas no estáticas y en constante evaluación y evolución, que tengo sobre la vida, las relaciones, el amor, el erotismo, el sexo, el ser mujer, los hombres, los debates de género e igualdad y otros temas que van surgiendo de conformidad con mi devenir.
lunes, 30 de abril de 2012
Dulce
Hay personas dulces para los zancudos, otras son dulces para los piojos, ella también era dulce y cual zancudos o piojos, much@s quisieron comérsela.
Fue consciente de su dulzura cuando parecía ya no ser tan dulce para otras personas. Cuando tras ser probada por cuanta persona supo hacerse a sus sabores, con su permiso o sin él, sus ojos iban perdiendo la luz y su piel el brillo. Cuando su cuerpo quedó enteramente ataviado de miedos y resquemores, ausencias y odios. L@s demás fueron conscientes de esa dulzura mucho antes.
El primero lo notó cuando ella tenía un poco más de un año. Como si se tratase de una degustación gratuita, se dio a probarla jugueteando con sus tiernas formas infantiles, hasta que su madre irrumpió en la sala y echó en medio del escándalo al bárbaro conquistador de sus territorios personalísimos. Ella desde su minúscula estatura no entendió la razón de la trifulca, ni las lágrimas culpables y acusadoras de su madre en medio del análisis exhaustivo de su entrepierna, tampoco entendió el juego, ni la diversión que inundaba de rojo las mejillas del visitante que acababa de abandonar su casa y que meses después retornaría como un visitante habitual y como si nada.
Muchas personas la cuidaron en su infancia, una de ellas no logró cuidarla de su deseo de besarla a la fuerza, sin que fuese necesaria tal, pues ella esta vez tampoco entendía muy bien que estaba pasando aunque le generaba bastante curiosidad esa sensación asfixiante de tener una lengua enorme entrando en su boca y hasta su garganta, mientras era aplastada por el peso de su gorda nodriza. Otra de sus niñeras también cayó en tentación y le propuso jugar al papá y a la mamá, ella aceptó pero le quedaron dos sensaciones, una de ardor en la piel de su sexo y otra de que algo no había estado bien en ese juego, si la premisa principal consistía en que nadie se enterara.
Paso el tiempo y varias personas más la degustaron; el abuelo de su amigo de juegos infantiles le hundía fuertemente los dedos sobre la ropa interior y bajo la falda cada vez que la llevaban de visita y él amable como era, se ofrecía a columpiar a la encantadora niña de ojos color de cielo, le gustaba recibirla en casa, era una niña tan dulce, le decía siempre a su madre como antesala a la invitación.
Con el tiempo los puntos rosados de su pecho dejaron de ser planos y sus caderas se abrieron paso hacia los costados dándole una llamativa forma de ocho a su cuerpo, a las niñas de su escuela les pasó lo mismo, ellas empezaron a tener citas adolescentes ella fue manoseada varias veces en el bus camino al colegio por señores de muy elegante corbata o en el parque que atravesaba justo antes de llegar a su casa, acorralada por los mismos chicos que salían con sus contemporáneas a quienes no tocaban pues debían respeto. Ella seguía cuestionando e ignorando las razones de su encanto, por qué era blanco habitual de l@s otr@s y un frío amargo se le fue instalando en el alma. Su madre no sabía más que lo indispensable sobre su paso por la vida, la única vez que hablaron del tema, fue cuando a los 8 años le contó tímidamente que el esposo de su amiga le había pedido insistentemente que le besara en la boca mientras le deslizaba la mano por las nalgas cuando ella pasó junto a él y él le cerró el paso. Su madre reclamó con más vergüenza que ira y tod@s concluyeron muy convenientemente que la niña de inteligencia sobresalientemente precoz había confundido un gesto de evidente cariño. Nadie quiso hablar nunca más del tema, ni de ninguno parecido.
Terminó de crecer, dejó la casa que nunca fue suya y siempre de su madre, la soledad se hizo su gran amiga. No lograba tener otras y pese a que sabía que el cándido embrujo de sus ojos embelesaba a los varones, no acertaba entablar con ellos más que relaciones fugaces o enfermizas, tuvo unos cuantos novios y unas cuantas crisis depresivas. Todos empezaban ansiando la claridad de sus ojos y al instante la deseaban intensamente y hasta donde ella pudo percibirlo ninguno osó amar sus modos sutiles, sus caricias asustadas, sus sobresaltos repentinos y angustiados en medio de la noche o la oscuridad.
Fue en una de esas crisis melancólicas, tras ser despedida por un jefe acosador cansado de sus negativas, que decidió romper meses de desempleo y hambre aceptando una oferta como recepcionista en un departamento de señoritas, le garantizaron que nadie la molestaría puesto que esos asuntos eran cosa de las otras chicas, no obstante meses después aceptó sin su consentimiento irse al piso privado con uno de los clientes asiduos del lugar a quien por única vez le recibió una copa que él muy gentilmente mezcló previamente con escopolamina. La despertaron las risas escandalosas de las otras mujeres que hacían mofa de haber ganado o perdido la apuesta sobre la resistencia de ella a unirse a la manada, el poder de su pudor y el poder del cliente que acababa de irse satisfecho y por la puerta grande sosteniendo su título infalible de macho alfa. La dueña de casa muy satisfecha con el logro reciente le ofreció un cambio de puesto y un incremento salarial, también una dotación permanente de polvos para su nariz para que el nuevo trabajo fuera más ligero.
Aprendió a empolvarse la nariz varias veces en la noche y el día, trabajo intensamente cada jornada, se ganó cada pan con el sudor de todo su cuerpo y ahorró lo que pudo después de que el polvo mágico empezó a sumar un descuento generoso en sus honorarios, quería comprarse una casa y tener una hija a quien amar y cuidar, no cruzaba su mente la idea de tener algo parecido a un amor, los hombres eran clientes o usurpadores y las mujeres eran ellas y las otras, las que cobraban y las que lo hacían gratis o cobrando de otras formas menos burdas que el efectivo.
El trabajo dejó de ser bueno y la dulzura picara y encantadora de sus ojos de cielo mutó en un mar insípido, lejano e inerte. Eran pocos los que querían comprar su producto y ella ya era experta en no dejárselo arrebatar a la fuerza. Decidió jubilarse y equilibrar al final una vida tan dulce con un exceso de ácidos, el amanecer de su última jornada la encontró con los ojos dilatados mirando su horizonte perdido y un hilo blanquecino de baba espesa dibujando la sonrisa que sólo tuvo cuando era una niña y su dulzura empezó a convocar abejas a su panal.
Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!
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