viernes, 8 de marzo de 2013

El mérito no es ser XX

Hoy se conmemora el día de la mujer y me resulta necesario extender una felicitación y un reconocimiento a algunas mujeres. Dado el sentido profundo de este día mi saludo de ninguna manera podría dirigirse indistintamente a todas las personas que por heredar un par de cromosomas XX nacieron con sexo femenino, en mi criterio pertenecer a un sexo per se no tiene mérito alguno en torno a la valía política del sujeto que lo porta, así que no felicito al sexo femenino.

No quiero felicitar a las Malas Mujeres, esas desvergonzadas que permitieron que el amor entrañable de sus almas generadoras de vida multifacética, fuera trocado por un ánimo vil, egoísta, envidioso, sumiso, insensible y destructivo, tampoco quiero felicitar a las mujeres princesas, a esas mujeres encantadas bajo la luz brillante y enceguecedora de los estereotipos culturales de género, me niego a felicitar a las mujeres que tristemente han permitido que su esencia aguerrida, indomable y apasionada haya sido asfixiada entre sábanas de raso, entre capas de ternura empalagosa, palabras de dulce merengue vacío, esas mujeres que parieron por parir y por cumplir mandatos biológicos y sociales, no puedo mencionar en voz alta, apenas y con pena las menciono a media voz y con compasión a aquellas mujeres que renuncian cada día a sus sueños para vivir o dar vida a los sueños ajenos, sean estos los sueños de sus padres y madres, sus parejas, sus hijos e hijas o cualquier instancia social, tampoco me permito felicitar a las mujeres víctimas de violencias físicas, emocionales, económicas, espirituales, a ellas prefiero convocarlas con mi voz enardecida a dejar de serlo y a llenarse de su sentido de ser. Me resulta imposible, felicitar a las mujeres que no se aman y que se entregan como botín barato por mendrugos de amor ajeno, las mujeres que no aman a las otras mujeres, que desconocen la lealtad y la solidaridad que como madres de la vida debe unirnos, las mujeres que llenan sus bocas con injurias hacia las otras, las mujeres que llenan sus platos con los despojos ajenos. Niego todo reconocimiento a las mujeres cuyo único arte es el teatro del falso amor, la falsa amistad, la falsa sonrisa, la imitación del pensamiento ajeno. Las palabras vuelan de mis labios y mis manos, mi cabeza se nubla y no tengo elogio alguno para las mujeres que no lo son en el sentido pleno.

Felicito en cambio a las grandes mujeres que conozco, a esas que no conozco y se lo merecen, las que desde su humanidad y el más elocuente sentido de la dignidad ocupan lugares destacados en la vida por ellas mismas, por las demás y por la sociedad. Mujeres que aman, que viven, que gozan, que cantan, mujeres que lloran y se emocionan, mujeres que gritan y exigen, mujeres que demandan lo que se merecen y no se conforman con sobras o platos light, féminas altaneras y rebeldes que sacuden sus cuerpos con la magnificencia del placer, que lo ejercen en la plenitud de sus células vibrantes, que lo alimentan sin quedarse haciendo cuentas estúpidas que arrojen 90-60-90, que lo alimentan para la vida sin restricciones no para la vida encarcelada en el absurdo de la belleza comercializada, mujeres que tienen en sus vientres la violencia enérgica de los sueños, mujeres que construyen y paren proyectos desde la justicia y la equidad, las que pueden ver más allá de sus fronteras sin dejar de verse a sí mismas y sin poner un manto oscuro sobre las demás. Guiño mi ojo a las mujeres cómplices que son amantes, amigas, madres, consejeras, contadoras de historias, escuchas de secretos y confidencias, guardianas de misterios, cultoras de la irreverencia, la picardía y la carcajada, las mujeres que destinan su vida a dar vida, sus manos a construirla, a cocinar delicias, a acariciar el cuerpo amado, el propio y el ajeno, a escribir palabras subversivas que hacen retumbar el mundo de las formas determinadas desde el poder para dibujarlo de nuevo y proyectarlo con la voz inflamada de las mujeres que nos antecedieron en este camino y a cuyas fuerzas nos sumamos para continuar reconstruyendo el mundo a su esencia justa para las mujeres, los hombres, las niñas, los niños y la madre tierra que nos abriga y da la vida a tod@s por igual.

¡Por ellas alzo mi copa y brindo con un burbujeante trago de vida!



Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

jueves, 18 de octubre de 2012

Soledad

¡Julio! ¿Donde estás?

El viento convulsivo, el barullo de las hojas cayendo, remolinos amarillos trazando diseños, el frío incipiente en los huesos y un estribillo de guitarra disolviendo en matices la escena. La soledad es una ligera molestia, insoportable molestia bajo el ombligo, un helaje repentino que obliga a autoabrazarse y frotarse los brazos, un beso, la caricia del propio aliento en las rodillas, una mirada perdida sobre los techos lejanos bajo el cielo grisáceo. Un té de jazmines inconcluso, una caminata bajo la tarde, unos pasos frágiles sobre el miedo. Un paseo escapando bajo la lluvia helada de la noche, unas lágrimas minúsculas acompañando las gotas cayendo del cielo sobre las mejillas, unos pies rozando permanentemente el suelo, una espalda luchando contra una joroba de agonía, unos ojos rehuyendo el suelo en su lucha por rescatar la dignidad con la mirada empecinada al frente, una decisión forzosa de no caer de boca contra el cemento y sucumbir por el fin.

Soledad es una amiga no grata, siempre perseverante, no celebra la compañía, prefiere examinarla al microscopio o repudiarla de plano para evitar la fatiga, ella no se marcha, se fuma un cigarro y lee el diario en el café de la esquina, sale a caminar y empieza una larga vuelta con Janis Joplin, continúa con Morrison y se estrella de risa con Mercury, mastica un chicle un rato para entretener la ausencia y retorna a casa cuando intuye que la fiesta fornicaria ha concluido, cuando se anticipa una cama revuelta pero vacía, un llanto fastidioso interrumpiendo la ducha, una sonrisa falsa.

Cuando soledad se marcha la vida es menos colorida, ella bebé su último sorbo de té, sale de casa, camina suave pero con gracia, compra chicles de menta o cardamomo y se sienta en una plaza a la caza de un intruso oportuno. El azar u otra soledad lo trae, entonces ella sagaz y oportunista con una sonrisa inquieta prostituye su compañía, él le vende un chiste estúpido, ella lo compra y paga con una sonrisa de tonta, él apuesta a una caminata lenta pisoteando las hojas, ella saca de su bolsa el viejo juego de mostrarse imprecisa y un poco torpe. Sonríen, sonríen, sonríen, se dicen mentiras, ríen con las bocas exacerbadas, a veces con calma, sin saber por qué y sin cuestionárselo. Ella insiste con su papel de idiota, él lo juega también sin quitarse sus etiquetas, sin parecer despreocupado pero sin preocuparse demasiado. Ambos quieren apresurar el paso, buscar el camino más breve a sus cuerpos, pero saben que su mediocre producto sólo pasa por bueno si se vende despacio. Soledad se restriega contra ese cuerpo extraño y mezcla el desasosiego de su piel con la urgencia desmedida del cuerpo extraño. La tragicomedia termina aceleradamente y soledad vuelve a casa, se marcha con sigilo, procura rescatar sus calcetines en medio de la avalancha de prendas, olores y sinsabores y se resigna ante la imposibilidad de encontrar sus aros. Ya en su guarida, abre la ducha, lava su vibrante entrepierna insatisfecha con jabón y agua abundante, arranca de sí el sudor ajeno que minutos antes le invadiera; con una esponja de fibra natural se frota entera con fuerza hasta teñir de rojo su piel, quiere arrancar el vacío, pero éste reposa sonriente, cínico, sádico bien en su fondo.

Soledad no siempre construye simulacros de compañía, de hecho prefiere las casualidades auténticas, le resultan afortunadas, prefiere elegir un buen vino, incluso aceptar uno malo pero preciso y beberlo sin falsos pudores acompañado de grandes bocanadas de humo dirigidas a un perfecto desconocido, a un extraño perfecto para la ocasión. Ya con los ojos brillando intensamente no compra ni vende falacias, rescata con exactitud sus deseos y va por ellos, ríe libre y sin medir la extensión de la apertura de su boca, se para y gira sobre sí, baila y se mueve en derredor espontáneamente, contonea provocativa sus caderas, avanza sus pechos con descaro y júbilo, mientras mira primero de reojo y luego directamente los ojos inquietos manoseándola, apuesta a provocar y seguir provocándose, baila, toca, canta en susurros roncos una canción divertida, moja su garganta con más vino y sus labios con la punta tibia de su lengua, se para y besa intensamente, hace bailar sus manos, convida con éxito a la danza y termina la fiesta con un beso en la mejilla de su camarada mientras le despide en la puerta y le sonríe pícara. Se hunde en su propia almohada, ríe unas cuantas veces más y bendice su osadía, respira profunda y plácidamente, acaricia su piel en calma, se entrega esta vez al sueño y despierta horas después con la sonrisa intacta, se toma un café negro, rememora, re celebra, retorna a su soledad.

Soledad duerme a veces y sueña con encontrarse otra soledad que le haga compañía para no sentirse tan sola. a veces examina su morada y la encuentra fría, un poco sin vida, un poco muerta, un poco sola. Hace un velorio largo, llora sola, siempre sola, echa de menos a no sabe quien, al gran yo soy que reina en un reino inalcanzable, a ese alguien que quiere estar con ella e invadir con astucia su soledad, que sabe amar sus excesos, sus falencias, que quiere, y se decide a acompañarla, que ama su soledad aunque no la entienda. Lo llora y canta canciones tristes, balbucea añoranzas, bebe te de boldo para expulsar la pena, camina por la casa, sube, baja, baja, sube, mira su soledad, siente su soledad, huele su soledad, llora más profundamente enterrándose en la noche, reuniendo apenas las fuerzas para empezar un nuevo día y sale de casa sola, profundamente sola, le duele la vida, le pesa la vida y quisiera quitarse ese peso de encima, acopia sus fuerzas y decide cargarla un trecho más, aunque sus pies a cada paso tengan más callosidades y ampollas, días después imagina un sueño nuevo y cree en él, retoma sus fuerzas, empieza un nuevo ciclo solitario y se tolera, decide no negarse su propio amor, confiando ingenua en que algún día encontrara un amor que le sea propio.

Soledad es una amiga no grata, siempre perseverante. Divierte su melancolía inventando historias, rememorando hazañas, inventando utopías.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

lunes, 30 de abril de 2012

Dulce

Hay personas dulces para los zancudos, otras son dulces para los piojos, ella también era dulce y cual zancudos o piojos, much@s quisieron comérsela. Fue consciente de su dulzura cuando parecía ya no ser tan dulce para otras personas. Cuando tras ser probada por cuanta persona supo hacerse a sus sabores, con su permiso o sin él, sus ojos iban perdiendo la luz y su piel el brillo. Cuando su cuerpo quedó enteramente ataviado de miedos y resquemores, ausencias y odios. L@s demás fueron conscientes de esa dulzura mucho antes. El primero lo notó cuando ella tenía un poco más de un año. Como si se tratase de una degustación gratuita, se dio a probarla jugueteando con sus tiernas formas infantiles, hasta que su madre irrumpió en la sala y echó en medio del escándalo al bárbaro conquistador de sus territorios personalísimos. Ella desde su minúscula estatura no entendió la razón de la trifulca, ni las lágrimas culpables y acusadoras de su madre en medio del análisis exhaustivo de su entrepierna, tampoco entendió el juego, ni la diversión que inundaba de rojo las mejillas del visitante que acababa de abandonar su casa y que meses después retornaría como un visitante habitual y como si nada. Muchas personas la cuidaron en su infancia, una de ellas no logró cuidarla de su deseo de besarla a la fuerza, sin que fuese necesaria tal, pues ella esta vez tampoco entendía muy bien que estaba pasando aunque le generaba bastante curiosidad esa sensación asfixiante de tener una lengua enorme entrando en su boca y hasta su garganta, mientras era aplastada por el peso de su gorda nodriza. Otra de sus niñeras también cayó en tentación y le propuso jugar al papá y a la mamá, ella aceptó pero le quedaron dos sensaciones, una de ardor en la piel de su sexo y otra de que algo no había estado bien en ese juego, si la premisa principal consistía en que nadie se enterara. Paso el tiempo y varias personas más la degustaron; el abuelo de su amigo de juegos infantiles le hundía fuertemente los dedos sobre la ropa interior y bajo la falda cada vez que la llevaban de visita y él amable como era, se ofrecía a columpiar a la encantadora niña de ojos color de cielo, le gustaba recibirla en casa, era una niña tan dulce, le decía siempre a su madre como antesala a la invitación. Con el tiempo los puntos rosados de su pecho dejaron de ser planos y sus caderas se abrieron paso hacia los costados dándole una llamativa forma de ocho a su cuerpo, a las niñas de su escuela les pasó lo mismo, ellas empezaron a tener citas adolescentes ella fue manoseada varias veces en el bus camino al colegio por señores de muy elegante corbata o en el parque que atravesaba justo antes de llegar a su casa, acorralada por los mismos chicos que salían con sus contemporáneas a quienes no tocaban pues debían respeto. Ella seguía cuestionando e ignorando las razones de su encanto, por qué era blanco habitual de l@s otr@s y un frío amargo se le fue instalando en el alma. Su madre no sabía más que lo indispensable sobre su paso por la vida, la única vez que hablaron del tema, fue cuando a los 8 años le contó tímidamente que el esposo de su amiga le había pedido insistentemente que le besara en la boca mientras le deslizaba la mano por las nalgas cuando ella pasó junto a él y él le cerró el paso. Su madre reclamó con más vergüenza que ira y tod@s concluyeron muy convenientemente que la niña de inteligencia sobresalientemente precoz había confundido un gesto de evidente cariño. Nadie quiso hablar nunca más del tema, ni de ninguno parecido. Terminó de crecer, dejó la casa que nunca fue suya y siempre de su madre, la soledad se hizo su gran amiga. No lograba tener otras y pese a que sabía que el cándido embrujo de sus ojos embelesaba a los varones, no acertaba entablar con ellos más que relaciones fugaces o enfermizas, tuvo unos cuantos novios y unas cuantas crisis depresivas. Todos empezaban ansiando la claridad de sus ojos y al instante la deseaban intensamente y hasta donde ella pudo percibirlo ninguno osó amar sus modos sutiles, sus caricias asustadas, sus sobresaltos repentinos y angustiados en medio de la noche o la oscuridad. Fue en una de esas crisis melancólicas, tras ser despedida por un jefe acosador cansado de sus negativas, que decidió romper meses de desempleo y hambre aceptando una oferta como recepcionista en un departamento de señoritas, le garantizaron que nadie la molestaría puesto que esos asuntos eran cosa de las otras chicas, no obstante meses después aceptó sin su consentimiento irse al piso privado con uno de los clientes asiduos del lugar a quien por única vez le recibió una copa que él muy gentilmente mezcló previamente con escopolamina. La despertaron las risas escandalosas de las otras mujeres que hacían mofa de haber ganado o perdido la apuesta sobre la resistencia de ella a unirse a la manada, el poder de su pudor y el poder del cliente que acababa de irse satisfecho y por la puerta grande sosteniendo su título infalible de macho alfa. La dueña de casa muy satisfecha con el logro reciente le ofreció un cambio de puesto y un incremento salarial, también una dotación permanente de polvos para su nariz para que el nuevo trabajo fuera más ligero. Aprendió a empolvarse la nariz varias veces en la noche y el día, trabajo intensamente cada jornada, se ganó cada pan con el sudor de todo su cuerpo y ahorró lo que pudo después de que el polvo mágico empezó a sumar un descuento generoso en sus honorarios, quería comprarse una casa y tener una hija a quien amar y cuidar, no cruzaba su mente la idea de tener algo parecido a un amor, los hombres eran clientes o usurpadores y las mujeres eran ellas y las otras, las que cobraban y las que lo hacían gratis o cobrando de otras formas menos burdas que el efectivo. El trabajo dejó de ser bueno y la dulzura picara y encantadora de sus ojos de cielo mutó en un mar insípido, lejano e inerte. Eran pocos los que querían comprar su producto y ella ya era experta en no dejárselo arrebatar a la fuerza. Decidió jubilarse y equilibrar al final una vida tan dulce con un exceso de ácidos, el amanecer de su última jornada la encontró con los ojos dilatados mirando su horizonte perdido y un hilo blanquecino de baba espesa dibujando la sonrisa que sólo tuvo cuando era una niña y su dulzura empezó a convocar abejas a su panal. Verónyka Santamaría ¡El Placer de la Libertad! ¡La Libertad del Placer!

jueves, 22 de marzo de 2012

A Mr. Facebook No le Gustan Esas Cosas

CONOCÍ RECIENTEMENTE AL AUTOR DE MIS MÁS RECIENTES ORGASMOS. Escribió en su muro con la satisfacción en mayúsculas y un minúsculo deseo de causar escándalo. Quería compartir la noticia con sus 527 contactos, muchos de los cuales suponía amig@s, que la felicitaran, que le escribieran comentarios alegres y divertidos, quería también que el protagonista de sus gemidos se enterara de la magnitud de sus proezas y que se animara a replicarlas. Tenía tiempo sin una buena noche y por fin se había dado su noche buena.

Muchas noches había deslizado sus manos bajo el pijama meditando en cómo casi no podía recordar una nariz hundiéndose en su pubis. Había mirado solitaria mañana tras mañana la forma de sus pezones, que no eran grandes y a veces parecían demasiado pequeños, los tocaba con las puntas de los cinco dedos de sus manos e imaginaba qué serían para una boca, un fino aperitivo o una escasa degustación. Meditaba en su color achocolatado y lamentaba que esas redondas coronillas de sus senos no tuviesen un color más cercano al carmesí que las hiciese más apetecibles, pensaba que si tuviesen ese color frutal, los impregnaría de dulce almíbar antes de permitir que alguien los probara para que resultaran un bocado verdaderamente celestial, pero el chocolate ligero que tenían igual le parecía prometedor al paladar, aunque seguía imaginando si para una lengua serían ricos o no.

Desnuda frente al espejo antes de iniciar su jornada palpaba suavemente las curvas de su vientre y también ahí deslizaba sus dedos reconociendo la textura que su vida hasta el momento le había dejado, sus excesos, sus entregas, sus trabajos, sus largas horas ejercitándose para compensar la ingesta de un abundante pastel o para sentirse mejor enfundada en su ropa, medía día a día lo más o menos abultado de su abdomen, sin lograr adivinar la importancia de esas proporciones en un encuentro acucioso, será que en la premura de una respiración agitada, había lugar a cuestionar pormenorizadamente medidas y contornos? se cuestionaba si tal y como lo vendían los comerciantes de anhelos humanos, una textura firme era garantía de satisfacción o si en verdad una textura era lo de menos y un buen sabor era lo de más.

Le gustaba olerse a distintas horas del día, en la mañana el olor reposado de sus sudores, cuando su perfume del día anterior era tan sólo una estela de fragancia en medio de sus pechos, cuando de su cabello se desprendía el tibio aroma del champú sobre la grasa incipiente de su cuero cabelludo, cuando su entrepierna emanaba un elixir envolvente de leche tibia y almendras, miel y madera. Le gustaba olerse al salir de la ducha, cuando el agua había arrebatado sus secreciones y de cada fracción de su piel empezaban a surgir tímidos brotes de su esencia que se apoderaban nuevamente de toda ella, cubriéndola con un suave manto de su propio rocío.

Toda ella se sentía una fiesta de texturas, de colores, de sabores, de matices aromáticos. Una fiesta maravillosa para los sentidos, una fiesta grandilocuente pero solitaria. Y la víspera, había tenido después de un considerable tiempo, un comensal sentado a su mesa, y el festín había sido grande, hubo vino y música, tentempiés y pies tendidos. Quería notificar su gran evento social en la gran red social. Pasaron unas horas y nadie comentó nada. Pasaron unos días y nada pasó. Pasó una semana y la invitaron a buscar objetos perdidos en el tiempo, ganar puntos y superar niveles. El tema en cuestión, ni siquiera fue cuestionado. Nadie dijo nada. A Mr. Facebook, no le gustan esas cosas.

Su invitado también guardó silencio, Prefirió ser eco del viejo dicho, “Indio comido, indio ido”, desapareció con la mañana dejándole sobre la mesa, el excitante sabor de una verdad en su muro, pasajera pero cierta.




Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

jueves, 9 de febrero de 2012

Y la Cordura Perdió la Razón

Era un mundo hermoso. Arboles y vegetación vistiendo de verde los suelos. Aguas azules, verdes, cafés, cristalinas corriendo ligeras o violentas por donde decidían abrirse paso. Amaneceres, atardeceres y noches que caían pobladas de estrellas y miles de ojos humanos observando en placentera calma la amplitud de su transcurso. Vientos libres y cargados de matices, narices adivinando aromas. Tiempo. Tiempo para perder, comer, amar, gozar, llorar, hablar, mirar, caminar, leer, oler, tocar, sentir, vibrar. Tiempo para gastar viviendo.

En este paraíso nadie tenía nada y no habían ladrones. No existían bienes y servicios, marketing, ni estrategias publicitarias. No se promocionaban bellezas de catálogo. Ninguna persona era fea. Nadie tenía un techo propio donde meter la cabeza antes de morir, tod@s tenían un lugar confortable donde meterse la vida entera. Nadie trabajaba, simplemente se ocupaban en vivir y hacer la vida más placentera cada día para si mismos y para tod@s. Poco se enfermaban sus cuerpos, y si la enfermedad llegaba la atendían bien hasta que se marchaba, aún cuando con ella se llevara la vida. Sabían que la vida debía vivirse mientras estaba presente, no en el pasado, ni en el futuro y que terminaba en el momento exacto. No tenían miedo a la muerte, pero rehuían la NO VIDA.

Compartir era trascendental. No tenían mensajes instantáneos, ni cientos de imágenes por segundo. Se decían verdades y hasta mentiras, pero siempre transgrediendo el suicidio del instante y sin problema se las arreglaban para dejar imágenes sentadas por largo tiempo y hasta por siempre. Compartir era un acto de libertad y a nadie se le pasaba siquiera por la mente la idea de comprometerse a compartir con alguien hasta que la muerte los separase. Compartían mientras era de su agrado hacerlo y cuando ya no era grato el compartir seguían caminando en la gustosa compañía de si mismos, sin tortuosos expectativas por el hallazgo de terceros en la ruta. Nadie pretendía ser dueño de nadie, de su tiempo, sus fuerzas, sus deseos, sus pasiones y mucho menos su cuerpo. Eran libres. Amaban con libertad. Se desamaban con libertad. Atravesaban el sufrimiento con respeto, sin prisas, sin excesivos lamentos. Con los ojos, los oídos, la piel y el alma bien abierta.

Era el mundo de la cordura, pero un día la cordura perdió la razón. Encontró aburrido que todo funcionara naturalmente y decidió hacerlo funcionar artificialmente. Dispuso sus maneras en grandes tomos que título cultura y empezó a introducirlos a tod@s y aún desde los vientres maternos, y l@s hij@s de la tierra empezaron a nacer en rosa o celeste, más suaves o recios, dulces o valientes, amorosos o inteligentes. Nunca íntegros. Señaló que tal y como hasta el momento, nadie tendría nada, pero que tampoco podrían beneficiarse de cosa alguna, salvo que lo ganaran con el sudor de sus frentes, hombros, vientres, genitales y el resto de sus cuerpos dependiendo la actividad elegida o destinada, ese sudor sería logrado día tras día en jornadas de 8 a 14 horas por seis días, luego tendrían uno en el cuál deberían preparar todo para los seis días siguientes y así sucesivamente, hasta agotar la última fuerza y hasta que sus cerebros hubiesen olvidado los sueños y perdido la capacidad de soñar. Mes a mes recibirían unas boletas para intercambiar por alimentos, vestidos y varias cosas más que ella les vendería ayudándolos a encontrar sucedáneos para su vieja felicidad sin divisas. Año tras año tendrían algunos días para dormir unas horas de más y quizá ir a pasear por algún lugar de la tierra, por supuesto tendrían que acumular suficientes fichas para intercambiar antes, durante y después de estos trayectos y el trayecto completo de sus días.

Al final de sus años tendrían fichas mensuales aseguradas para seguir adquiriendo cosas necesarias o no, atención médica para sobrellevar todas las enfermedades adquiridas en sus jornadas de trabajo, alimentos compatibles con los abusos cometidos con su cuerpo, una casa donde guarecerse de la vida, alguien fungiendo mal o bien, casi siempre mal, como compañía hasta que la muerte los separe, según lo acordado previamente y unas ganas enormes de morirse.

En la punta del iceberg de su locura, la cordura sentó a un héroe-villano, siamés de dos cabezas, una llamada Dios, la otra llamada Diablo. La primera premiaría la obediencia a la cordura y castigaría la desobediencia. En algún instante incierto los llevaría a un lugar llamado cielo donde se acabarían todos los males que a partir de ya, ella, la cordura, estaba pariendo. La segunda cara incitaría y premiaría la desobediencia recreando cielos momentáneos, espejismos paradisiacos y entorpecería la obediencia con trampas, ardides y dificultades. Condenó a los hombres y mujeres a debatirse sin descanso sobre a cual cabeza amar o aborrecer. Y más o menos, todos hicieron del terror una forma de vida y desesperados hicieron tratos con la cabeza demoniaca y está los encaminó al infierno, un lugar igual al diseñado por la cordura pero más caliente, llamado también “La Quinta Paila”.

Concluyó su obra y vio la cordura todo lo que había hecho, y he aquí que era malo en gran manera. Soltó una gran risa, beso sus dos cabezas y se sentó a disfrutar.

Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

miércoles, 18 de enero de 2012

Pies Feos

A los pies del mundo.

Tenía un pie feo y el otro horrible. A medida que la inclinación de la tierra determinaba que ese preciso lugar del globo donde se encontraba parada recibiera más intensamente los rayos del sol y que por ende la temperatura empezara a elevarse dando rienda suelta al verano, empezaba a elevarse también el bochornoso estupor que le representaba verse en la obligación necesaria de quitarle a sus pies el refugio cálido y muy conveniente que eran sus botas y sustituirlas por las indecentes, inmisericordes sandalias que los dejaban expuestos al silencioso e implacable escarnio público.

Describir esa parte de su anatomía no es tarea fácil, en un intento osado podría partirse de la idea de un pie cualquiera. Los suyos en particular eran como dos grandes mogollas integrales, más abultadas y generosas de lo usual, de las cuales se desprendían con rebeldía cinco mogollitas más, también rellenitas y al igual que la mogolla madre, sin una forma definida con pulcritud, como si hubiesen sido amasadas por manos inexpertas y lanzadas al horno antes de tiempo y más allá del tiempo recomendado. Por lo menos así era su pie feo, gordo y un poco deforme. El otro, el horrible, lo era en toda la extensión de su amplio talle, o de eso estaban convencidos todos los ojos inclementes que en cualquier fila, la del transporte público, la del banco y hasta la formada en el altar de la iglesia por los feligreses para recibir la hostia, se posaban sobre ellos mientras el ceño del espectador se fruncía en una mueca que revelaba primero asombro luego casi miedo, nunca piedad, condescendencia o simplemente indiferencia. Siempre una expresión grosa de terror colmado de plácido morbo ante la escena siniestra de esa pareja de pies, el feo y el horrible.

No es detalle menor advertir que la pesada fealdad de su pie horrible estaba dada esa sí con métrica exacta, por el largo de sus dedos, no de todos, sino de uno en particular cuya longitud superaba la de cualquier otro dedo visto por ser human@ algún@. El índice de su pie izquierdo era largo, muy, muy largo, a su lado el pobre pulgar parecía a penas una redonda mogolla tamaño small y los demás, un conjunto diverso de enanos diminutos. Meditando en ello, no lograba aceptar que la gente pudiese gustosamente deleitar su imaginación con los viajes de Gulliver a la tierra de los enanos o que abrieran sus ojos serviles como enormes platos ante los altos rascacielos de Dubái o New York y que no pudieran darle un lugar de aceptación a su dedo que por largo bien podría reinar entre todos los dedos pigmeos o resultar un encumbrado y exclusivo dedo edificio en un barrio de casas bajas.

Incapaz de continuar presenciando los desprecios hechos a sus pies y por sobre todo a su dedo, se percató que la vergüenza no era en esencia suya sino de l@s otr@s que con sus miradas displicentes transformaban el espectáculo que eran sus singulares pies en algo indigno. Se decidió a confrontar a cada observador(a) disimulad@ de sus elaboradas formas inferiores. En cada espacio público al sorprender las ya sabidas miradas desdeñosas y aterradas, que con falsa diplomacia le dirigían su público improvisado, les decía con expresión grandilocuente, para nada avergonzada, por el contrario orgullosa y hasta con desmesurado placer: Señor, señora, pierda usted cuidado y mire con confianza mis pies, no se pierda el detalle de mis dedos índices, compare las medidas y sepa sin dudarlo que uno dobla el tamaño del otro y que evidentemente el dedo más extenso es por ello un dedo muy especial, tan es así, que se acomoda con dificultad en los zapatos cerrados y no puede menos que gozar de plena libertad posado en las sandalias, dándose el gusto de salirse incluso de la plantilla para saludar a los dedos corrientes que se hermanan con él en mis extremidades y también a los dedos de todos ustedes, dedos comunes y sin ninguna gracia que alcance a llamar la atención. Mírelos muy bien, ahora que es verano y que nuestra presentación es una obra libre y de avistamiento gratuito. Mírelos una vez, dos veces, tres o las que estime necesarias para conservar en sus buenos recuerdos la imagen de estos pies y el dedo indicador enorme, un dedo que sin dificultad podría elevarse y hacerle un poco de cosquillas, pasar por rascacielos o reinar soberanamente sobre todos los dedos enanos del universo.

Como si el llamativo de sus dedos radicara sádicamente para los demás en poder mirarlos con desdén, una y otra vez, sólo de reojo, pero fijando a satisfacción el gesto aterrado, en adelante nadie quería detenerse más a criticar con la mirada su dedo largo, sus pies regordetes, sus otros deditos bajitos y redondos. Se acabó el show despectivo y si de repente surgía una mirada incauta esta siempre terminaba siendo muy respetuosa para con los dedos, los pies y su persona entera.

Y fue así, como en aquel verano feliz, avergonzando a l@s otr@s perdió la vergüenza de mostrar sus pies.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

viernes, 30 de diciembre de 2011

Asimetrías Emocionales

Amaneció sintiéndose chueca, un poco torcida, como si a su pierna derecha le sobraran centímetros o a su izquierda le faltaran. Probó flexionarlas, estirarlas, aflojarlas, levantarse, estirarse entera desde la punta de sus pies, pasando por su pelvis, su columna, su garganta hasta el centro más alto de su coronilla, apostó a centrar su cintura sobre sus caderas. Nada funcionó. Se percató que al cortar con su ¿amigo? ¿Novio? con su amigovio la noche anterior, se había auto mutilado y ahora caminaba así, como descuartizada.

El problema empezó meses atrás. Meses después de encontrarlo por azar y astucia, cuando se dejó abandonada a su suerte y lo hizo parte de su vida, olvidando que tan sólo era un juvenil accesorio que encontró por suerte, buena o mala.

Decir que ella lo cortó no es exacto, tampoco es falso. Ella estaba cansada de la inseguridad de esa relación. Estaba segura de que entrelazarse de vez en cuando con él, era muy rico y si antes o después había vino y un trozo de pizza, ese rico era también estupendo, de eso y de que sentía con él una afinidad encantadora, estaba segura. El no estaba seguro de querer estar con ella. No estaba seguro si era el elegido o el que apareció por casualidad. No estaba seguro sobre que era lo que sentía tres días después de no verla, cuando algo agudo, casi doloroso se le clavaba en el pecho. Ella decidió cortarlo y empezó a hacerlo en su cabeza un martes. Para su encuentro del viernes, él ya pendía de un hilo, ese hilo brillante de su mirada dulce y tímida, ese hilo silencioso, que a ella le fascinaba sentir en el ascensor cuando se miraban y sonreían y bajaban la mirada, antes de mirarse y sonreír de nuevo. Ella no hallaba la forma de cortar ese hilo tenue, no quería encontrarla.

Él, sin mucho meditarlo la cortó. Y él, si la cortó del todo, con exactitud y en pocas horas. Si hubiese habido más tiempo hasta la hubiera cortado en trozos literalmente. Casi la desbarata a punto de argumentos furiosos y pueriles destinados a que ella entendiera que él no la quería y que sabía que ella se moría por estar con él y que se atragantaba por no decírselo, que sabía también y sin lugar a dudas que era mentira que ella no lo quisiera, cosa que ella nunca había dicho, pero que él creía afirmaba con su fingido desprendimiento y renuncia voluntaria a los nexos puntuales. Casi la desbarata en su cama penetrándola con su ira y su desasosiego. La echó de su casa con la cabeza y las entrañas revueltas. La eliminó de sus amig@s. No le habló nunca más. Ella hubiese querido hablarle aunque sea una vez más, para agradecerle todo, tratarlo mal y plantarle una buena bofetada, dejando así todas las obligaciones saldadas.

Antes de ir a lo que fuera su último desencuentro y durante un buen tiempo más, ella no se explicaba, no comprendía por qué él consumía su paciencia, la de ambos, construyendo barreras que a ella no le interesaban ni mirar de lejos, pero no por él, no por ella, o por lo que eran ell@s cuando estaban junt@s, sencillamente porque su cabeza y sus fuerzas estaban destinadas a otras lides menos quisquillosas que el amor meticuloso y elegía en vez de éste, el amor sin medidas que se podían destinar en su libre entrega.

Cuando empezó a cortarlo y antes de que él se abocara ese derecho cortándola al ras, ella sospechó que la necesidad de fronteras que él presumía, no era más que un anhelo incontenible de que ella las violara. Intuyó que él necesitaba verla traspasar los límites y acercarse todo lo que no le pediría nunca que se acercara por el exclusivo temor a que ella se mantuviera inamovible lejos de él, pero con todo y sus intuiciones y sospechas, no lograba entenderlo y no logró explicarle que las barreras no eran necesarias ni para mantenerla lejos ni para acercarla, ella estaba bien y quería que él estuviera bien, así, ni cerca, ni lejos, sólo juntos en espléndidos instantes que les pertenecían sin necesidad de bautismos trascendentales de amig@s, novi@s o amigovi@s, sin más rituales que esos que celebraban en el living cuando su encuentro era fresco y espontáneo, tranquilo y sin promesas, sin respuestas exactas y con los muchos puntos suspensivos que los dejaban en ascuas y con ganas de seguir indagándose.

No fue sino hasta un tiempo después, que ella aceptó sin más suspicacias sus propias razones, que su cuerpo recuperó su andar cómodo y solitario, sin la espera de una respuesta exacta en la boca de su desaparecido amigo. Tan sólo con la certeza de sus autónomas seguridades, ya libre de las inseguridades que él tenía y que sólo a él le pertenecían, esas que eran su entero problema y titubeo, su prisión y sus reservas. Su braveza para lanzarla sola a la noche fría. Su cobardía para pedirle que se quedara para siempre a darle calor a todos sus días.



Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
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