Era un mundo hermoso. Arboles y vegetación vistiendo de verde los suelos. Aguas azules, verdes, cafés, cristalinas corriendo ligeras o violentas por donde decidían abrirse paso. Amaneceres, atardeceres y noches que caían pobladas de estrellas y miles de ojos humanos observando en placentera calma la amplitud de su transcurso. Vientos libres y cargados de matices, narices adivinando aromas. Tiempo. Tiempo para perder, comer, amar, gozar, llorar, hablar, mirar, caminar, leer, oler, tocar, sentir, vibrar. Tiempo para gastar viviendo.
En este paraíso nadie tenía nada y no habían ladrones. No existían bienes y servicios, marketing, ni estrategias publicitarias. No se promocionaban bellezas de catálogo. Ninguna persona era fea. Nadie tenía un techo propio donde meter la cabeza antes de morir, tod@s tenían un lugar confortable donde meterse la vida entera. Nadie trabajaba, simplemente se ocupaban en vivir y hacer la vida más placentera cada día para si mismos y para tod@s. Poco se enfermaban sus cuerpos, y si la enfermedad llegaba la atendían bien hasta que se marchaba, aún cuando con ella se llevara la vida. Sabían que la vida debía vivirse mientras estaba presente, no en el pasado, ni en el futuro y que terminaba en el momento exacto. No tenían miedo a la muerte, pero rehuían la NO VIDA.
Compartir era trascendental. No tenían mensajes instantáneos, ni cientos de imágenes por segundo. Se decían verdades y hasta mentiras, pero siempre transgrediendo el suicidio del instante y sin problema se las arreglaban para dejar imágenes sentadas por largo tiempo y hasta por siempre. Compartir era un acto de libertad y a nadie se le pasaba siquiera por la mente la idea de comprometerse a compartir con alguien hasta que la muerte los separase. Compartían mientras era de su agrado hacerlo y cuando ya no era grato el compartir seguían caminando en la gustosa compañía de si mismos, sin tortuosos expectativas por el hallazgo de terceros en la ruta. Nadie pretendía ser dueño de nadie, de su tiempo, sus fuerzas, sus deseos, sus pasiones y mucho menos su cuerpo. Eran libres. Amaban con libertad. Se desamaban con libertad. Atravesaban el sufrimiento con respeto, sin prisas, sin excesivos lamentos. Con los ojos, los oídos, la piel y el alma bien abierta.
Era el mundo de la cordura, pero un día la cordura perdió la razón. Encontró aburrido que todo funcionara naturalmente y decidió hacerlo funcionar artificialmente. Dispuso sus maneras en grandes tomos que título cultura y empezó a introducirlos a tod@s y aún desde los vientres maternos, y l@s hij@s de la tierra empezaron a nacer en rosa o celeste, más suaves o recios, dulces o valientes, amorosos o inteligentes. Nunca íntegros. Señaló que tal y como hasta el momento, nadie tendría nada, pero que tampoco podrían beneficiarse de cosa alguna, salvo que lo ganaran con el sudor de sus frentes, hombros, vientres, genitales y el resto de sus cuerpos dependiendo la actividad elegida o destinada, ese sudor sería logrado día tras día en jornadas de 8 a 14 horas por seis días, luego tendrían uno en el cuál deberían preparar todo para los seis días siguientes y así sucesivamente, hasta agotar la última fuerza y hasta que sus cerebros hubiesen olvidado los sueños y perdido la capacidad de soñar. Mes a mes recibirían unas boletas para intercambiar por alimentos, vestidos y varias cosas más que ella les vendería ayudándolos a encontrar sucedáneos para su vieja felicidad sin divisas. Año tras año tendrían algunos días para dormir unas horas de más y quizá ir a pasear por algún lugar de la tierra, por supuesto tendrían que acumular suficientes fichas para intercambiar antes, durante y después de estos trayectos y el trayecto completo de sus días.
Al final de sus años tendrían fichas mensuales aseguradas para seguir adquiriendo cosas necesarias o no, atención médica para sobrellevar todas las enfermedades adquiridas en sus jornadas de trabajo, alimentos compatibles con los abusos cometidos con su cuerpo, una casa donde guarecerse de la vida, alguien fungiendo mal o bien, casi siempre mal, como compañía hasta que la muerte los separe, según lo acordado previamente y unas ganas enormes de morirse.
En la punta del iceberg de su locura, la cordura sentó a un héroe-villano, siamés de dos cabezas, una llamada Dios, la otra llamada Diablo. La primera premiaría la obediencia a la cordura y castigaría la desobediencia. En algún instante incierto los llevaría a un lugar llamado cielo donde se acabarían todos los males que a partir de ya, ella, la cordura, estaba pariendo. La segunda cara incitaría y premiaría la desobediencia recreando cielos momentáneos, espejismos paradisiacos y entorpecería la obediencia con trampas, ardides y dificultades. Condenó a los hombres y mujeres a debatirse sin descanso sobre a cual cabeza amar o aborrecer. Y más o menos, todos hicieron del terror una forma de vida y desesperados hicieron tratos con la cabeza demoniaca y está los encaminó al infierno, un lugar igual al diseñado por la cordura pero más caliente, llamado también “La Quinta Paila”.
Concluyó su obra y vio la cordura todo lo que había hecho, y he aquí que era malo en gran manera. Soltó una gran risa, beso sus dos cabezas y se sentó a disfrutar.
Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!
Este es mi espacio de reflexión acerca de los disparates que pasan en las relaciones humanas y las relaciones disparatadas. Escribo aquí mi voz disertando sobre las ideas no estáticas y en constante evaluación y evolución, que tengo sobre la vida, las relaciones, el amor, el erotismo, el sexo, el ser mujer, los hombres, los debates de género e igualdad y otros temas que van surgiendo de conformidad con mi devenir.