Amaneció sintiéndose chueca, un poco torcida, como si a su pierna derecha le sobraran centímetros o a su izquierda le faltaran. Probó flexionarlas, estirarlas, aflojarlas, levantarse, estirarse entera desde la punta de sus pies, pasando por su pelvis, su columna, su garganta hasta el centro más alto de su coronilla, apostó a centrar su cintura sobre sus caderas. Nada funcionó. Se percató que al cortar con su ¿amigo? ¿Novio? con su amigovio la noche anterior, se había auto mutilado y ahora caminaba así, como descuartizada.
El problema empezó meses atrás. Meses después de encontrarlo por azar y astucia, cuando se dejó abandonada a su suerte y lo hizo parte de su vida, olvidando que tan sólo era un juvenil accesorio que encontró por suerte, buena o mala.
Decir que ella lo cortó no es exacto, tampoco es falso. Ella estaba cansada de la inseguridad de esa relación. Estaba segura de que entrelazarse de vez en cuando con él, era muy rico y si antes o después había vino y un trozo de pizza, ese rico era también estupendo, de eso y de que sentía con él una afinidad encantadora, estaba segura. El no estaba seguro de querer estar con ella. No estaba seguro si era el elegido o el que apareció por casualidad. No estaba seguro sobre que era lo que sentía tres días después de no verla, cuando algo agudo, casi doloroso se le clavaba en el pecho. Ella decidió cortarlo y empezó a hacerlo en su cabeza un martes. Para su encuentro del viernes, él ya pendía de un hilo, ese hilo brillante de su mirada dulce y tímida, ese hilo silencioso, que a ella le fascinaba sentir en el ascensor cuando se miraban y sonreían y bajaban la mirada, antes de mirarse y sonreír de nuevo. Ella no hallaba la forma de cortar ese hilo tenue, no quería encontrarla.
Él, sin mucho meditarlo la cortó. Y él, si la cortó del todo, con exactitud y en pocas horas. Si hubiese habido más tiempo hasta la hubiera cortado en trozos literalmente. Casi la desbarata a punto de argumentos furiosos y pueriles destinados a que ella entendiera que él no la quería y que sabía que ella se moría por estar con él y que se atragantaba por no decírselo, que sabía también y sin lugar a dudas que era mentira que ella no lo quisiera, cosa que ella nunca había dicho, pero que él creía afirmaba con su fingido desprendimiento y renuncia voluntaria a los nexos puntuales. Casi la desbarata en su cama penetrándola con su ira y su desasosiego. La echó de su casa con la cabeza y las entrañas revueltas. La eliminó de sus amig@s. No le habló nunca más. Ella hubiese querido hablarle aunque sea una vez más, para agradecerle todo, tratarlo mal y plantarle una buena bofetada, dejando así todas las obligaciones saldadas.
Antes de ir a lo que fuera su último desencuentro y durante un buen tiempo más, ella no se explicaba, no comprendía por qué él consumía su paciencia, la de ambos, construyendo barreras que a ella no le interesaban ni mirar de lejos, pero no por él, no por ella, o por lo que eran ell@s cuando estaban junt@s, sencillamente porque su cabeza y sus fuerzas estaban destinadas a otras lides menos quisquillosas que el amor meticuloso y elegía en vez de éste, el amor sin medidas que se podían destinar en su libre entrega.
Cuando empezó a cortarlo y antes de que él se abocara ese derecho cortándola al ras, ella sospechó que la necesidad de fronteras que él presumía, no era más que un anhelo incontenible de que ella las violara. Intuyó que él necesitaba verla traspasar los límites y acercarse todo lo que no le pediría nunca que se acercara por el exclusivo temor a que ella se mantuviera inamovible lejos de él, pero con todo y sus intuiciones y sospechas, no lograba entenderlo y no logró explicarle que las barreras no eran necesarias ni para mantenerla lejos ni para acercarla, ella estaba bien y quería que él estuviera bien, así, ni cerca, ni lejos, sólo juntos en espléndidos instantes que les pertenecían sin necesidad de bautismos trascendentales de amig@s, novi@s o amigovi@s, sin más rituales que esos que celebraban en el living cuando su encuentro era fresco y espontáneo, tranquilo y sin promesas, sin respuestas exactas y con los muchos puntos suspensivos que los dejaban en ascuas y con ganas de seguir indagándose.
No fue sino hasta un tiempo después, que ella aceptó sin más suspicacias sus propias razones, que su cuerpo recuperó su andar cómodo y solitario, sin la espera de una respuesta exacta en la boca de su desaparecido amigo. Tan sólo con la certeza de sus autónomas seguridades, ya libre de las inseguridades que él tenía y que sólo a él le pertenecían, esas que eran su entero problema y titubeo, su prisión y sus reservas. Su braveza para lanzarla sola a la noche fría. Su cobardía para pedirle que se quedara para siempre a darle calor a todos sus días.
Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!
Este es mi espacio de reflexión acerca de los disparates que pasan en las relaciones humanas y las relaciones disparatadas. Escribo aquí mi voz disertando sobre las ideas no estáticas y en constante evaluación y evolución, que tengo sobre la vida, las relaciones, el amor, el erotismo, el sexo, el ser mujer, los hombres, los debates de género e igualdad y otros temas que van surgiendo de conformidad con mi devenir.
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