miércoles, 18 de enero de 2012

Pies Feos

A los pies del mundo.

Tenía un pie feo y el otro horrible. A medida que la inclinación de la tierra determinaba que ese preciso lugar del globo donde se encontraba parada recibiera más intensamente los rayos del sol y que por ende la temperatura empezara a elevarse dando rienda suelta al verano, empezaba a elevarse también el bochornoso estupor que le representaba verse en la obligación necesaria de quitarle a sus pies el refugio cálido y muy conveniente que eran sus botas y sustituirlas por las indecentes, inmisericordes sandalias que los dejaban expuestos al silencioso e implacable escarnio público.

Describir esa parte de su anatomía no es tarea fácil, en un intento osado podría partirse de la idea de un pie cualquiera. Los suyos en particular eran como dos grandes mogollas integrales, más abultadas y generosas de lo usual, de las cuales se desprendían con rebeldía cinco mogollitas más, también rellenitas y al igual que la mogolla madre, sin una forma definida con pulcritud, como si hubiesen sido amasadas por manos inexpertas y lanzadas al horno antes de tiempo y más allá del tiempo recomendado. Por lo menos así era su pie feo, gordo y un poco deforme. El otro, el horrible, lo era en toda la extensión de su amplio talle, o de eso estaban convencidos todos los ojos inclementes que en cualquier fila, la del transporte público, la del banco y hasta la formada en el altar de la iglesia por los feligreses para recibir la hostia, se posaban sobre ellos mientras el ceño del espectador se fruncía en una mueca que revelaba primero asombro luego casi miedo, nunca piedad, condescendencia o simplemente indiferencia. Siempre una expresión grosa de terror colmado de plácido morbo ante la escena siniestra de esa pareja de pies, el feo y el horrible.

No es detalle menor advertir que la pesada fealdad de su pie horrible estaba dada esa sí con métrica exacta, por el largo de sus dedos, no de todos, sino de uno en particular cuya longitud superaba la de cualquier otro dedo visto por ser human@ algún@. El índice de su pie izquierdo era largo, muy, muy largo, a su lado el pobre pulgar parecía a penas una redonda mogolla tamaño small y los demás, un conjunto diverso de enanos diminutos. Meditando en ello, no lograba aceptar que la gente pudiese gustosamente deleitar su imaginación con los viajes de Gulliver a la tierra de los enanos o que abrieran sus ojos serviles como enormes platos ante los altos rascacielos de Dubái o New York y que no pudieran darle un lugar de aceptación a su dedo que por largo bien podría reinar entre todos los dedos pigmeos o resultar un encumbrado y exclusivo dedo edificio en un barrio de casas bajas.

Incapaz de continuar presenciando los desprecios hechos a sus pies y por sobre todo a su dedo, se percató que la vergüenza no era en esencia suya sino de l@s otr@s que con sus miradas displicentes transformaban el espectáculo que eran sus singulares pies en algo indigno. Se decidió a confrontar a cada observador(a) disimulad@ de sus elaboradas formas inferiores. En cada espacio público al sorprender las ya sabidas miradas desdeñosas y aterradas, que con falsa diplomacia le dirigían su público improvisado, les decía con expresión grandilocuente, para nada avergonzada, por el contrario orgullosa y hasta con desmesurado placer: Señor, señora, pierda usted cuidado y mire con confianza mis pies, no se pierda el detalle de mis dedos índices, compare las medidas y sepa sin dudarlo que uno dobla el tamaño del otro y que evidentemente el dedo más extenso es por ello un dedo muy especial, tan es así, que se acomoda con dificultad en los zapatos cerrados y no puede menos que gozar de plena libertad posado en las sandalias, dándose el gusto de salirse incluso de la plantilla para saludar a los dedos corrientes que se hermanan con él en mis extremidades y también a los dedos de todos ustedes, dedos comunes y sin ninguna gracia que alcance a llamar la atención. Mírelos muy bien, ahora que es verano y que nuestra presentación es una obra libre y de avistamiento gratuito. Mírelos una vez, dos veces, tres o las que estime necesarias para conservar en sus buenos recuerdos la imagen de estos pies y el dedo indicador enorme, un dedo que sin dificultad podría elevarse y hacerle un poco de cosquillas, pasar por rascacielos o reinar soberanamente sobre todos los dedos enanos del universo.

Como si el llamativo de sus dedos radicara sádicamente para los demás en poder mirarlos con desdén, una y otra vez, sólo de reojo, pero fijando a satisfacción el gesto aterrado, en adelante nadie quería detenerse más a criticar con la mirada su dedo largo, sus pies regordetes, sus otros deditos bajitos y redondos. Se acabó el show despectivo y si de repente surgía una mirada incauta esta siempre terminaba siendo muy respetuosa para con los dedos, los pies y su persona entera.

Y fue así, como en aquel verano feliz, avergonzando a l@s otr@s perdió la vergüenza de mostrar sus pies.


Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!

1 comentario:

  1. De verdad, que me encantaría comprender un poquito mejor, la esencia de la anatomía de los pies que acá, con verguenza y dificultades, buscan caminar a través de un largo camino lleno de piedras y miradas llenas de espanto y curiosidad...

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