ἐπιλαμβάνειν, ēpilambáneim
La primavera llegaba para inaugurar de colores la tierra. El invierno seguía sin despedirse aferrado en un abrazo gélido al aire. Nací diminuta y helada, y aunque mi cuerpo supo crecer y hasta más de la cuenta, jamás ha encontrado la manera autónoma de abandonar el frío que parece ir desde sus entrañas hasta el exterior y desde el exterior hasta sus entrañas. Sufro el invierno más que cualquier otra de las cuatro épocas del año, mi piel es atormentada con diminutas agujas que me inyectan lo que pareciera ser un segundo manto escarchado. Mis senos son lacerados invisiblemente por pequeñas navajas que como dientes infantiles en el pezón materno, se clavan en ellos en los días más crudos de cada temporada invernal, algo igual de doloroso frena el engranaje de mis articulaciones, haciendo que dar cada paso, levantar los brazos, abrir o cerrar cada dedo de manos y pies represente un suplicio impuesto por las heladas.
Era el primer día de la nueva estación, los rostros deambulando por la calle vestían una incipiente sonrisa de despedida al frío, cosa absurda pues no obstante revelarse en el calendario el inicio de la cálida etapa floreciente, la temperatura sólo empieza a subir lentamente hasta unos días o semanas después. Llegué a mi clase de danza y verifiqué que mi sensación de frío no era psicosomática, cada poro de mi epidermis estaba levantado rígido y podían sentirse como un tenue relieve bajo la delicada tela de mi malla y mis panty medias. La clase estaba casi desierta, poc@s osaban desafiar su frío con el baile.
Los pasos de cada frase ayudaban a calentarnos con la misma lentitud de la música, no obstante en algo compensaban la ausencia de calefacción. Ese día estrenábamos profesora y como pasa en ocasiones con lo que se estrena, nos quedaba grande, estábamos muy bien mal acostumbrad@s a nuestro profesor de rutinas aptas para todo tipo de público y esta nueva instructora nos estaba llevando a niveles más altos de exigencia y de satisfactorio dolor. Cuando llegó el turno de flexionar las piernas e inclinar nuestro torso hacia atrás desde el coxis, yo estaba plena, sin frío y con el ardor punzante que me encanta sentir cuando trabajo algún músculo. Hice mi primer gran esfuerzo por inclinar mi espalda hasta la altura de mi cintura y aunque no puedo precisar que tan bajo logré llegar, si se con precisión que de repente mi visión se nubló y mi cara se cubrió de un cosquilleo intenso que fue desapareciendo lentamente mientras el aire iba llenando de nuevo mis pulmones, recuerdo haberme quedado muy quieta, disfrutando ese plácido calor picante y esperando a que mis ojos vieran de nuevo. La misma experiencia se repitió al ejecutar un par de veces más el ejercicio, veía borroso, sentía como si todo transcurriera en cámara lenta y empezaba a tener escalofrío debido a un helado sudor que ahora bajaba por mi cuerpo desde mi frente. La profesora anunció que haríamos una última vez esa torsión y como me había abstenido de realizar las últimas por el intenso mareo que me estremecía, decidí hacerla lo mejor posible esta vez, obligando a mi torso a alcanzar su mayor ángulo inverso, tenía un poco de miedo, lo confieso, porque en cada serie perdía la luz de mis ojos y la noción del entorno, pero estaba ansiosa también, porque al volver la claridad sentía mi cuerpo regresar de un profundo éxtasis que superaba cualquier zozobra previa.
Tomé cuanto aire cabía en mis pulmones e inicié el descenso, agarrando entre tanto la barra frente a mí con fuerza, cuando llegué lo suficientemente bajo para ver mi rostro reflejado en el espejo trasero, no pude ver nada más, no se cuanto tiempo después vi varias piernas paradas a mi alrededor y confundida trataba de recordar preguntándome que ejercicio estábamos haciendo sentadas en el suelo, el bullicio generalizado me impedía concentrarme, una indagaba si estaba bien, otra que si me había golpeado demasiado fuerte la cabeza al caer, la otra acariciaba mis brazos, la otra me frotaba las piernas, me ofrecían agua y alguien más levantaba la barra caída junto a mí. Aún sin comprender me puse en pie como un bólido abandonando esa posición de centro de atracción, recibí un poco de agua, sentía un escalofrío más penetrante que los anteriores, percibía un ligero temblor recorriéndome y me dolía la cabeza con mayor intensidad que nunca, la sentía apretada, comprimida y muy en el fondo de mi oído escuchaba un sonido agudo, intermitente, molesto, respiraba pesadamente como si el aire hubiese tomado una textura cremosa, pero conservaba también una ola placentera inundándome por completo. Traté de tranquilizarlas, les dije que estaba bien, que me sentía estupenda, que lo que fuera que me hubiese ocurrido había sido magnífico, lo que era cierto. Algunas voces preocupadas me acallaban más inquietas afirmando que yo había convulsionado repetidas veces “Te pusiste rígida, el rostro blanco, los labios morados, tenías los ojos dilatados y temblabas sin conciencia, como desconectada” y debía consultar a un doctor de inmediato. Fui al hospital, me hicieron un masaje en la columna y me lanzaron de vuelta a mis ensayos; una semana más tarde y luego la otra y la otra y otra más, hasta que perdí la cuenta estuve regresando al médico de vuelta tras mi rutina de baile y convulsiones. Años atrás en un fluir de mis dotes de rebelde acróbata había roto mi cráneo al caer de un auto y como si fuese un broche de oro para mis grandes piruetas, había convulsionado por varios días en el sanatorio donde pasé mi inconsciencia, desde entonces me había sido anunciado el posible retorno de los espasmos clínicos cualquier día, algún día.
Me tomé lo del médico como una parte más de mi secuencia de danzas, las convulsiones ocurrían en mi cuerpo pero en nada me afectaban, por el contrario el placer que experimentaba de golpe al abandonarme las imágenes circundantes y que continuaba al sumergirse mi cabeza pesadamente en un mar denso, hirviente, que expulsaba cualquier sonido, todo dolor, toda conciencia, desbordaba cada una de mis células temblorosas; es verdad que en cada crisis mi rostro quedaba más lívido, mis labios más azulados y rígidos, mi cuerpo se sacudía con más potencia y que al recobrar la conciencia, cada vez habían pasado más segundos, minutos, cada vez mi ropa estaba más húmeda por el sudor frío bañándome, cada vez el dolor apaleaba mis extremidades con mayor inclemencia, aunque toda yo regresara satisfecha de un viaje desconocido y sublime, indescriptible, intensamente trémulo, desbordante como desbordante eran los temblores sacudiéndome. No me angustian estas experiencias, he leído de bailes rituales que parten de tránsitos alucinantes de sus intérpretes logrados al girar frenéticamente sus cabezas en contraposición al torso, para superar los movimientos de la carne y alcanzar las danzas del espíritu.
Me diagnosticaron epilepsia la semana en que culminó la primavera. Me prohibieron bailar. Debieron prohibirme respirar. Cancelaron mi matrícula en la academia. Me condenaron a la tortura del reposo. Pasé tres estaciones recluida en casa, inmóvil viendo la vida pasarme de lado. Antes de que mi cerebro estallara y priorizando mi salud mental, abandoné a mis padres. Cambié de ciudad. Ya no cargo con mi historia enfermiza. Bailo cada vez como si fuera mi último acto.
La primavera pasada despertó en mi vida un capullo de epilepsia, espero anhelante que en esta nueva edición florezcan para mí todos sus ataques.
Verónyka Santamaría
¡El Placer de la Libertad!
¡La Libertad del Placer!
Este es mi espacio de reflexión acerca de los disparates que pasan en las relaciones humanas y las relaciones disparatadas. Escribo aquí mi voz disertando sobre las ideas no estáticas y en constante evaluación y evolución, que tengo sobre la vida, las relaciones, el amor, el erotismo, el sexo, el ser mujer, los hombres, los debates de género e igualdad y otros temas que van surgiendo de conformidad con mi devenir.
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